<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><rss xmlns:atom='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0' version='2.0'><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466</atom:id><lastBuildDate>Sun, 18 Mar 2012 03:07:41 +0000</lastBuildDate><category>Cuentos Ribeyro</category><category>Cuentos</category><category>Julio Cortázar Cuentos Relatos Cortos LLanto</category><category>José María Arguedas Cuentos Indigenismo Perú</category><title>Le Continues...</title><description>Ils, continuan... "http://Www.Le-Continues.Co.Cc"</description><link>http://www.le-continues.co.cc/</link><managingEditor>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>13</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-2130421950763113991</guid><pubDate>Mon, 18 Apr 2011 02:20:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-04-17T19:25:36.345-07:00</atom:updated><category domain='http://www.blogger.com/atom/ns#'>José María Arguedas Cuentos Indigenismo Perú</category><title>El Barranco - José maría Arguedas</title><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-rm2KiBf0QTs/TauflFTFNnI/AAAAAAAAAH8/xVZ5NO_Ssns/s1600/5241810313_68b0d813b5.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://2.bp.blogspot.com/-rm2KiBf0QTs/TauflFTFNnI/AAAAAAAAAH8/xVZ5NO_Ssns/s320/5241810313_68b0d813b5.jpg" width="278" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el barranco de K'ello-k'ello se encontraron, la tropa de caballos de don Garayar y los becerros de la señora Grimalda. Nicacha y Pablucha gritaron desde la entrada del barranco:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Sujetaychis! ¡Sujetaychis! (¡Sujetad!)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la piara atropelló. En el camino que cruza el barranco, se revolvieron los becerros, llorando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Sujetaychis!--Los mak'tillos Nicacha y Pablucha subieron, camino arriba, arañando la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las mulas se animaron en el camino, sacudiendo sus cabezas; resoplando las narices, entraron a carrera en la quebrada, las madrineras atropellaron por delante. Atorándose con el polvo, los becerritos se arrimaron al cerroé algunos pudieron volverse y corrieron entre la piara. La mula nazqueña de don Garayar levantó sus dos patas y clavó sus cascos en la frente del "Pringo". El "Pringo" cayó al barranco, rebotó varias veces entre los peñascos y llegó hasta el fondo del abismo. Boqueando sangre murió a la orilla del riachuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La piara siguió, quebrada adentro, levantando polvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Antes, uno nomás ha muerto! ¡Hubiera gritado, pues, más fuerte!--Hablando, el mulero de don Garayar se agachó en el canto del camino para mirar el barranco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Ay señorcito! ¡La señora nos latigueará; seguro nos colgará en el trojal!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Pringuchallaya! ¡Pringucha!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mirando el barranco, los mak'tillos llamaron a gritos al becerrito muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Ene, madre del "Pringo", era la vaca más lechera de la señora Grimalda. Un balde lleno le ordeñaban todos los días. La llamaba Ene, porque sobre el lomo negro tenía dibujada una letra N, en piel blanca. La Ene era alta y robusta, ya había dado a la patrona varios novillos grandes y varias lecheras. La patrona la miraba todos los días, contenta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Es mi vaca! ¡Mi mamacha! (¡Mi madrecital).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le hacían cariño, palmeándole en el cuello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta vez, su cría era el "Pringo". La vaquera lo bautizó con ese nombre desde el primer día. "El Pringo", porque era blanco entero. El Mayordomo quería llamarlo "Misti", rorque era el más fino y el más grande de todas las crías de su edad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--Parece extranjero--decía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero todos los concertados de la señora, los becerreros y la gente del pueblo lo llamaron "Pringo". Es un nombre más cariñoso, más de indios, por eso quedó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los becerreros entraron llorando a la casa de la señora. Doña Grimalda salió al corredor para saber. Entonces los becerreros subieron las gradas, atropellándose; se arrodillaron en el suelo del corredor; y sin decir nada todavía, besaron el traje de la patrona; se taparon la cara con la falda de su dueña, y gimieron, atorándose con su saliva y con sus lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name='more'&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Mamitay!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡No pues! ¡Mamitay!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Grimalda gritó, empujando con los pies a los muchachos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Caray! ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--"Pringo" pues, mamitay. En K'ello-k'ello, empujando mulas de don Garayar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡"Pringo" pues! ¡Muriendo ya, mamitay!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ganándose, ganándose, los becerreros abrazaron los pies de doña Grimalda, uno más que otro; querían besar los pies de la patrona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Ay Dios mío! ¡Mi becerritol ¡Santusa, Federico, Antonio...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajó las gradas y llamó a sus concertados desde el patio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--iCorran a K'ello-k'ello! ¡Se ha desbarrancado el "Pringo"! ¿Qué hacen esos, amontonados allí? ¡Vayan, por delante!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;Los becerreros saltaron las gradas y pasaron al zaguán, arrastrando sus ponchos. Toda la gente de la señora salió tras de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trajeron cargado al "Pringo". Lo tendieron sobre un poncho, en el corredor. Doña Grimalda, lloró, largo rato, de cuclillas junto al becerrito muerto. Pero la vaquera y los mak'tillos, lloraron todo el día, hasta que entró el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Mi papacito! ¡Pringuchallaya!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Ay niñito, súmak'wawacha! (¡Criatura hermosa!).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Súmak' wawacha!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras el Mayordomo le abría el cuerpo con su cuchillo grande; mientras le sacaba el cuerito; mientras hundía sus puños en la carne, para separar el cuero, la vaquera y los mak'tillos, seguían llamando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Niñucha! ¡Por qué pues!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Por qué pues, súmak'wawacha!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente, temprano, la Ene bajaría el cerro bramando en el camino. Guiando a las lecheras vendría como siempre. Llamaría primero desde el zaguán. A esa hora, ya goteaba leche de sus pezones hinchados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el Mayordomo le dio un consejo a la señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--Así he hecho yo también, mamita, en mi chacra de las punas--le dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la señora aceptó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rayando la aurora, don Fermín clavó dos estacas en el patio de ordeñar, y sobre las estacas un palo de lambras. Después trajo al patio el cuero del "Pringo", lo tendió sobre el palo, estirándolo y ajustando las puntas con elavos, sobre la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la salida del sol, las vacas lecheras estaban ya en el callejón llamando a sus crías. La Ene se paraba frente al zaguán; y desde allí bramaba sin descanso, hasta que le abrían la puerta. Gritando todavía pasaba el patio y entraba al corral de ordeñar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa mañana, la Ene llegó apurada; rozando su hocico en el zaguán, llamó a su "Pringo". El mismo don Fermín le abrió la puerta. La vaca pasó corriendo el patio. La señora se había levantado ya, y estaba sentada en las gradas del corredor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Ene entró al corral. Estirando el cuello, bramando despacito, se acercó donde su "Pringo"; empezó a lamerle, como todas las mañanas. Grande le lamía, su lengua áspera señalaba el cuero del becerrito. La vaquera le maniató bien; ordeñándole un poquito humedeció los pezones, para empezar. La leche hacía ruido sobre el balde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¡Mamaya! ¡Y'astá mamaya! --llamando a gritos pas-- del corral al patio, el Pablucha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señora entró al corral, y vio a su vaca. Estaba lamiendo el cuerito del "Pringo", mirándolo tranquila, con sus ojos dulces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así fue, todas las mañanas; hasta que la vaquera y el Mayordomo, se cansaron de clavar y desclavar el cuero del "Pringo". Cuando la leche de la Ene empezó a secarse, tiraban nomás el cuerito sobre un montón de piedras que había en el corral, al pie del muro. La vaca corría hasta el extremo del corral, buscando a su hijo; se paraba junto al cerco, mirando el cuero del becerrito. Todas las mañanas lavaba con su lengua el cuero del "Pringo". Y la vaquera la ordeñaba, hasta la última gota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como todas las vacas, la Ene también, acabado el ordeño, empezaba a rumiar, después se echaba en el suelo, junto al cuerito seco del "Pringo", y seguía, con los ojos medio cerrados. Mientras, el sol alto despejaba las nubes, alumbraba fuerte y caldeaba la gran quebrada.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-2130421950763113991?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2011/04/el-barranco-jose-maria-arguedas.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-rm2KiBf0QTs/TauflFTFNnI/AAAAAAAAAH8/xVZ5NO_Ssns/s72-c/5241810313_68b0d813b5.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-5638875250748426121</guid><pubDate>Sun, 05 Dec 2010 20:45:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-12-05T12:50:12.709-08:00</atom:updated><category domain='http://www.blogger.com/atom/ns#'>Cuentos Ribeyro</category><title>El Banquete - Julio Ramón Ribeyro</title><description>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://farm3.static.flickr.com/2117/2352562515_1d94445392.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="250" src="http://farm3.static.flickr.com/2117/2352562515_1d94445392.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #444444; font-size: x-small;"&gt;Lienzo: &lt;a href="http://www.flickr.com/photos/grafixer/"&gt;faith globe&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;b&gt;Con dos meses de anticipación&lt;/b&gt;, don Fernando Pasamano había preparado los pormenores de este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir una transformación general. Como se trataba de un caserón antiguo, fue necesario echar abajo algunos muros, agranda las ventanas, cambiar la madera de los pisos y pintar de nuevo todas las paredes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Esta reforma trajo consigo otras y (como esas personas que cuando se compran un par de zapatos juzgan que es necesario estrenarlos con calcetines nuevos y luego con una camisa nueva y luego con un terno nuevo y así sucesivamente hasta llegar al calzoncillo nuevo) don Fernando se vio obligado a renovar todo el mobiliario, desde las consolas del salón hasta el último banco de la repostería. Luego vinieron las alfombras, las lámparas, las cortinas y los cuadros para cubrir esas paredes que desde que estaban limpias parecían más grandes. Finalmente, como dentro del programa estaba previsto un concierto en el jardín, fue necesario construir un jardín. En quince días, una cuadrilla de jardineros japoneses edificaron, en lo que antes era una especie de huerta salvaje, un maravilloso jardín rococó donde había cipreses tallados, caminitos sin salida, laguna de peces rojos, una gruta para las divinidades y un puente rústico de madera, que cruzaba sobre un torrente imaginario.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Lo más grande, sin embargo, fue la confección del menú. Don Fernando y su mujer, como la mayoría de la gente proveniente del interior, sólo habían asistido en su vida a comilonas provinciales en las cuales se mezcla la chicha con el whisky y se termina devorando los cuyes con la mano. Por esta razón sus ideas acerca de lo que debía servirse en un banquete al presidente, eran confusas. La parentela, convocada a un consejo especial, no hizo sino aumentar el desconcierto. Al fin, don Fernando decidió hacer un a encuesta en los principales hoteles y restaurantes de la ciudad y así puedo enterarse que existían manjares presidenciales y vinos preciosos que fue necesario encargar por avión a las viñas del mediodía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Cuando todos estos detalles quedaron ultimados, don Fernando constató con cierta angustia que en ese banquete, el cual asistirían ciento cincuenta personas, cuarenta mozos de servicio, dos orquestas, un cuerpo de ballet y un operador de cine, había invertido toda su fortuna. Pero, al fin de cuentas, todo dispendio le parecía pequeño para los enormes beneficios que obtendría de esta recepción.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;- Con una embajada en Europa y un ferrocarril a mis tierras de la montaña rehacemos nuestra fortuna en menos de lo que canta un gallo (decía a su mujer). Yo no pido más. Soy un hombre modesto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;- Falta saber si el presidente vendrá (replicaba su mujer).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;En efecto, había omitido hasta el momento hacer efectiva su invitación.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Le bastaba saber que era pariente del presidente (con uno de esos parentescos serranos tan vagos como indemostrables y que, por lo general, nunca se esclarecen por el temor de encontrar adulterino) para estar plenamente seguro que aceptaría. Sin embargo, para mayor seguridad, aprovechó su primera visita a palacio para conducir al presidente a un rincón y comunicarle humildemente su proyecto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;- Encantado (le contestó el presidente). Me parece una magnifica idea.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Pero por el momento me encuentro muy ocupado. Le confirmaré por escrito mi aceptación.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Don Fernando se puso a esperar la confirmación. Para combatir su impaciencia, ordenó algunas reformas complementarias que le dieron a su mansión un aspecto de un palacio afectado para alguna solemne mascarada. Su última idea fue ordenar la ejecución de un retrato del presidente (que un pintor copió de una fotografía) y que él hizo colocar en la parte más visible de su salón.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Al cabo de cuatro semanas, la confirmación llegó. Don Fernando, quien empezaba a inquietarse por la tardanza, tuvo la más grande alegría de su vida.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name='more'&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Aquel fue un día de fiesta, salió con su mujer al balcón par contemplar su jardín iluminado y cerrar con un sueño bucólico esa memorable jornada. El paisaje, si embargo, parecía haber perdido sus propiedades sensible pues donde quería que pusiera los ojos, don Fernando se veía así mismo, se veía en chaqué, en tarro, fumando puros, con una decoración de fondo donde (como en ciertos afiches turísticos) se confundían lo monumentos de las cuatro ciudades más importantes de Europa. Más lejos, en un ángulo de su quimera, veía un ferrocarril regresando de la floresta con su vagones cargados de oro. Y por todo sitio, movediza y transparente como una alegoría de la sensualidad, veía una figura femenina que tenía las piernas de un cocote, el sombrero de una marquesa, los ojos de un tahitiana y absolutamente nada de su mujer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;El día del banquete, los primeros en llegar fueron los soplones. Desde las cinco de la tarde estaban apostados en la esquina, esforzándose por guardar un incógnito que traicionaban sus sombreros, sus modales exageradamente distraídos y sobre todo ese terrible aire de delincuencia que adquieren a menudo los investigadores, los agentes secretos y en general todos los que desempeñan oficios clandestinos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Luego fueron llegando los automóviles. De su interior descendían ministros, parlamentarios, diplomáticos, hombre de negocios, hombre inteligentes. Un portero les abría la verja, un ujier los anunciaba, un valet recibía sus prendas y don Fernando, en medio del vestíbulo, les estrechaba la mano, murmurando frases corteses y conmovidas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Cuando todos los burgueses del vecindario se habían arremolinado delante de la mansión y la gente de los conventillos se hacía una fiesta de fasto tan inesperado, llegó el presidente. Escoltado por sus edecanes, penetró en la casa y don Fernando, olvidándose de las reglas de la etiqueta, movido por un impulso de compadre, se le echó en los brazos con tanta simpatía que le dañó una de sus charreteras.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Repartidos por los salones, los pasillos, la terraza y el jardín, los invitados se bebieron discretamente, entre chistes y epigramas, los cuarenta cajones de whisky. Luego se acomodaron en las mesas que les estaban reservadas (lo más grande, decorada con orquídeas, fue ocupada por el presidente y los hombre ejemplares) y se comenzó a comer y a charlar ruidosamente mientras la orquesta, en un ángulo del salón, trataba de imponer inútilmente un aire vienés.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;A mitad del banquete, cuando los vinos blancos del Rhin habían sido honrados y los tintos del Mediterráneo comenzaban a llenar las copas, se inició la ronda de discursos. La llegada del faisán los interrumpió y solo al final, servido el champán, regresó la elocuencia y los panegíricos se prolongaron hasta el café, para ahogarse definitivamente en las copas del coñac.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Don Fernando, mientras tanto, veía con inquietud que el banquete, pleno de salud ya, seguía sus propias leyes, sin que él hubiera tenido ocasión de hacerle al presidente sus confidencias. A pesar de haberse sentado, contra las reglas del protocolo, a la izquierda del agasajado, no encontraba el instante propicio para hacer una aparte. Para colmo, terminado el servicio, los comensales se levantaron para formar grupos amodorrados y digestónicos y él, en su papel de anfitrión, se vio obligado a correr de grupos en grupo para reanimarlos con copas de mentas, palmaditas, puros y paradojas.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Al fin, cerca de medianoche, cuando ya el ministro de gobierno, ebrio, se había visto forzado a una aparatosa retirada, don Fernando logró conducir al presidente a la salida de música y allí, sentados en uno de esos canapés, que en la corte de Versalles servían para declararse a una princesa o para desbaratar una coalición, le deslizó al oído su modesta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;- Pero no faltaba más (replicó el presidente). Justamente queda vacante en estos días la embajada de Roma. Mañana, en consejo de ministros, propondré su nombramiento, es decir, lo impondré. Y en lo que se refiere al ferrocarril sé que hay en diputados una comisión que hace meses discute ese proyecto. Pasado mañana citaré a mi despacho a todos sus miembros y a usted también, para que resuelvan el asunto en la forma que más convenga.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Una hora después el presidente se retiraba, luego de haber reiterado sus promesas. Lo siguieron sus ministros, el congreso, etc, en el orden preestablecido por los usos y costumbres. A las dos de la mañana quedaban todavía merodeando por el bar algunos cortesanos que no ostentaban ningún título y que esperaban aún el descorchamiento de alguna botella o la ocasión de llevarse a hurtadillas un cenicero de plata. Solamente a las tres de la mañana quedaron solos don Fernando y su mujer. Cambiando impresiones, haciendo auspiciosos proyectos, permanecieron hasta el alba entre los despojos de su inmenso festín. Por último se fueron a dormir con el convencimiento de que nunca caballero limeño había tirado con más gloria su casa por la ventana ni arriesgado su fortuna con tanta sagacidad.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;A las doce del día, don Fernando fue despertado por los gritos de su mujer. Al abrir los ojos le vio penetrar en el dormitorio con un periódico abierto entre las manos. Arrebatándoselo, leyó los titulares y, sin proferir una exclamación, se desvaneció sobre la cama. En la madrugada, aprovechándose de la recepción, un ministro había dado un golpe de estado y el presidente había sido obligado a dimitir.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-5638875250748426121?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2010/12/el-banquete-julio-ramon-ribeyro.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://farm3.static.flickr.com/2117/2352562515_1d94445392_t.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-4563798589184245437</guid><pubDate>Sun, 21 Nov 2010 03:05:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-11-20T19:07:59.097-08:00</atom:updated><category domain='http://www.blogger.com/atom/ns#'>Julio Cortázar Cuentos Relatos Cortos LLanto</category><title>Instrucciones para llorar - Julio Cortázar</title><description>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://farm4.static.flickr.com/3095/3206580049_a5f0a4af9d.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://farm4.static.flickr.com/3095/3206580049_a5f0a4af9d.jpg" width="193" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: x-small;"&gt;Imágen:&amp;nbsp;&lt;strong class="username" id="yui_3_1_0_1_12903085900832331" style="color: #222222; display: inline !important; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-weight: normal; line-height: 13px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;a href="http://www.flickr.com/photos/pyrotaurus/" style="background-color: transparent; color: #0063dc; text-decoration: none;"&gt;pyrotaurus&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;b&gt;Instrucciones para llorar&lt;/b&gt;. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará&amp;nbsp; con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-4563798589184245437?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2010/11/instrucciones-para-llorar.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://farm4.static.flickr.com/3095/3206580049_a5f0a4af9d_t.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-2847886409003554600</guid><pubDate>Mon, 10 May 2010 00:58:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-05-09T18:01:20.380-07:00</atom:updated><title>Antes de la cita con los linares – Alfredo Bryce Echenique</title><description>&lt;a href="http://www.flickr.com/photos/runnerk/4593337993/"&gt;&lt;img alt="el_psiquiatra_by_BlackSugar" border="0" height="244" src="http://lh4.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S-daH5LhysI/AAAAAAAAAGg/dMoKv1stCfs/el_psiquiatra_by_BlackSugar%5B3%5D.jpg?imgmax=800" style="border-bottom: 0px; border-left: 0px; border-right: 0px; border-top: 0px; display: block; float: none; margin-left: auto; margin-right: auto;" title="el_psiquiatra_by_BlackSugar" width="304" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size: xx-small;"&gt;Autor de la imagen: &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;a href="http://blacksugar.deviantart.com/" target="_blank"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size: xx-small;"&gt;BlackSugar&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;—No, no, doctor psiquiatra, usted no me logra entender, no se trata de eso, doctor psiquiatra; se trata más bien de insomnios, de sueños raros... rarísimos... &lt;br /&gt;—Pesadillas... &lt;br /&gt;—No me interrumpa, doctor psiquiatra; se trata de los rarísimos pero no de pesadillas; las pesadillas dan miedo y yo no tengo miedo, bueno sí, un poco de miedo pero más bien antes de acostarme y mientras me duermo, después vienen los sueños, esos que usted llama pesadillas, doctor psiquiatra, pero ya le digo que no son pesadillas porque no me asustan, son más bien graciosos, sí, eso exactamente: Sueños graciosos, doctor psiquiatra... &lt;br /&gt;—Sebastián, no me llames doctor psiquiatra; es casi como si me llamaras señor míster Juan Luna; llámame doctor, llámame Juan si te acomoda más... &lt;br /&gt;—Sí, doctor psiquiatra, son unos sueños realmente graciosos, la más vieja de mis tías en calzones, mi abuelita en patinete, y esta noche usted cagando, seguramente, doctor psiquiatra... no puedo prescindir de la palabra psiquiatra, doctor... psiquiatra... ya lo estoy viendo, ya está usted cag... &lt;br /&gt;—Vamos, vamos, Sebastián. Un poco de orden en las ideas; un poco de control; al grano; venga la historia desde atrás. Desde el comienzo del viaje... &lt;br /&gt;—Sí, doctor psiquiatra... «cagando». &lt;br /&gt;—Ya te lo había dicho: Un café no es lugar apropiado para una consulta: A cada rato volteas a mirar a los que entran, debió ser en mi consultorio... &lt;br /&gt;—No, no, no, nada en el consultorio; no hay que tomar este asunto tan en serio; entiéndame: Una cita con el psiquiatra en su consultorio y tengo miedo a la que le dije; aquí en el café todo parece menos importante, aquí no puede usted cerrar las persianas ni hacerme recostar en un sofá, aquí entre cafecito y cafecito, doctor psiquiatra, porque si usted no me quita esto, doctor psiquiatra, perdóneme, no puedo dejar de llamarlo así, si usted no me quita esto, es mejor que lo siga viendo cagar, perdóneme... pero es así y todo es así, el otro día, por ejemplo, he aquí un sueño de los graciosos, el otro día un ejército enorme iba a invadir un país, no sé cuál, podría ser cualquiera, y justo antes de llegar todos se pusieron a montar en patinete, como mi abuelita, y a tirarse baldazos de agua como en carnaval, y después arrancó, en el sueño, el carnaval de Río hasta que me desperté casi contento... Lo único malo es que aún eran las cinco mañana... Como ve, no llegan a ser pesadillas o qué sé yo... &lt;br /&gt;—Un poco de orden, Sebastián. Empieza desde que saliste de París.&lt;br /&gt;&lt;a name='more'&gt;&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;Había terminado de arreglar su maleta tres días del viaje porque era precavido, maniático y metódico. Había alquilado su cuarto del barrio latino durante verano porque era un estudiante más bien pobre. Había decidido pasar el verano en España porque allá tenía amigos, porque que veneraba al Quijote y porque quería ver vez también por todo lo que allá le iba a pasar. &lt;br /&gt;Le había alquilado su cuarto a un español que venía a preparar una tesis durante el verano. El español llegó dos días antes de lo acordado y tuvieron que dormir juntos. Conversaron. Como el español no lo conocía muy bien aún, le habló de cosas superficiales, sin mayor importancia; o tal vez no: &lt;br /&gt;—Si dices que has perdido seis kilos, ya verás cómo los recuperas; allá se come bien y barato. &lt;br /&gt;—Odio los trenes. No veo la hora de estar en Barcelona. &lt;br /&gt;—¡Hombre!, un viaje en tren en esta época puede ser muy entretenido. Ya verás: O te toca viajar con algunas suecas o alemanas y en ese caso, como tú hablas español, nada fácil que sacar provecho de la situación; o de lo contrario te encontrarás con obreros españoles que regresan a su vacaciones y entonces pan, vino, chorizo, transistores, una semijuerga que te acorta el viaje; no hay pierde. &lt;br /&gt;El español no lo acompañó a tomar ese maldito tren. Sebastián detestaba los trenes y se había levantado tempranísimo para encontrar su asiento reservado de segunda, para que nadie se le sentara en su sitio, y porque, maniático, él estaba seguro de que el conductor del tren lo odiaba y que para fastidiarlo partiría, sólo ese día, antes de lo establecido por el horario. Fue el primero en subir al tren. E1 primero en ubicar su asiento, en acomodar su equipaje. Como al cabo de tres minutos el vagón continuaba vacío, Sebastián se puso de pie y salió a comprobar que en ese tren no hubiese ningún otro vagón con el mismo número ni, ya de regreso a su coche, ningún otro asiento con su número. Esto último lo hizo corriendo, porque temía que ya alguien se hubiese sentado en su sitio y entonces tenía que tener tiempo para ir a buscar al hombre de la compañía, uno nunca sabe con quién tendrá que pelear, para que éste desalojara al usurpante. Desocupado. Su asiento continuaba desocupado y Sebastián lo insultó por no estar al lado de la ventana, por estar al centro y por eso de que ahora, como en el cine, nadie sabrá jamás en cuál de los dos brazos le tocaría apoyar el codo y eso podría ser causa de odios en el compartimiento. Pero tal vez no porque ya no tardaban en llegar dos obreros andaluces, con él tres hombres, con el vino, el chorizo y los transistores, y luego las tres suecas, tres contra tres, con sus piernas largas, sus cabelleras rubias, listas a morir de insolación en alguna playa de Málaga. Él empezaría hablando de Ingmar Bergman, los españoles invitando vino, todos hablarían a los diez minutos pero media hora después él ya sólo hablaría con la muchacha sueca con que se iba a casar, ya no volveré más a mi patria, con que se iba a instalar para siempre en Estocolmo, y que era incompatible con la dulce chiquilla vasca que lo haría radicarse en Guipúzcoa, un caserío en el monte y poemas poemas poemas, tan incompatible con los ojos negros inmensos enamorados de Soledad, la guapa andaluza que lo llevó a los toros, tan incompatible con, que lo adoró mientras el Viti les brindaba el toro, tan incompatible con, triunfal Santiago Martín El Viti... Todo, todo le iba a suceder, pero antes, antes, porque después, después volvería a estudiar a París. &lt;br /&gt;Las cinco sacaron el rosario y empezaron a rezar. Las cinco. No bien partió el tren, las cinco sacaron el rosario y empezaron a rezar. Él no tenía un revolver para matarlas y además no lograba odiarlas. Iban limpísimas las cinco monjitas y lo habían saludado al entrar al compartimento. Entonces el viaje empezó a durar ocho horas hasta la frontera; sesenta minutos cada hora hasta la frontera; ocho mil horas hasta la frontera y las cinco monjitas viajarían inmóviles hasta la frontera y él cómo haría para no orinar hasta la frontera porque tenia a una limpiecita entre él y la puerta y no le podía decir «madre, por favor, quiero ir al baño», mientras ella a lo mejor estaba rezando por él. Tampoco podía apoyar los codos; tampoco podía leer su libro, cómo iba a leer al marqués de Sade ese que traía en el bolsillo delante de ellas, cómo iba a decirle a la que había puesto su maleta encima de la suya: «Madre, por favor, podría sacar su maleta de encima de la mía? Quisiera buscar un libro que tengo allí adentro». Se sentía tan malo, tan infernal entre las monjitas. «Madrecita regáleme una estampita», pensó, y en ese instante se le vino a la cabeza esa imagen tan absurda, las monjitas contando frijoles negros, luego otra, las monjitas en patinete hasta la frontera, y entonces como que se sacudió para despejar su mente de tales ideas y para ver si algo líquido se movía en sus riñones y comprobar si ya tenía ganas de orinar para empezar a aguantarse hasta la frontera. &lt;br /&gt;—Y cuando me quedé dormido, doctor psiquiatra, no debe haber sido más de media hora, doctor psiquiatra, estoy seguro, tome nota porque ésa fue la primera vez que soñé cosas raras, esos sueños graciosos, las monjitas en patinete, en batalla campal, arrojándose frijoles en la cara. Creo que hasta me desperté porque me cayó un frijolazo en el ojo. &lt;br /&gt;—¿Estas seguro de que esa fue la primera vez, Sebastián? &lt;br /&gt;—Sí, sí, seguro, completamente seguro. Y la segunda vez fue mientras dormitaba en esa banca en Irún, esperando el tren para Barcelona. Llovía a cántaros y se me mojaron los pies; por eso cogí ese maldito resfriado. .. Maldita lluvia. &lt;br /&gt;—¿Y las religiosas? . . . . &lt;br /&gt;—Las monjitas tomaron otro tren con dirección a Madrid. Yo las ayudé a cargar y a subir sus maletas; si supiera usted cómo me lo agradecieron; cuando me despedí de ellas pensé que podría llorar, en fin, que podrían llenárseme los ojos de lágrimas; se fueron con sus rosarios... limpísimas... Si viera usted la meada que pegué en Irún... &lt;br /&gt;—¿Los sueños de Irún fueron los mismos que los del tren? &lt;br /&gt;—Sí, doctor psiquiatra, exactos, ninguna diferencia, sólo que al fin yo las ayudé a cargar sus patinetes hasta el otro tren. En el tren a Barcelona también soñé lo mismo en principio, pero esa vez también estaban las suecas y los obreros andaluces y no nos atrevíamos a hablarles porque uno no le mete letra a una sueca delante de una monja que está rezando el rosario... &lt;br /&gt;Llegó a Barcelona en la noche del veintisiete de julio y llovía. Bajó del tren y al ver en su reloj que eran las once de la noche, se convenció de que tendría que dormir en la calle. Al salir de la estación, empezaron a aparecer ante sus ojos los letreros que anunciaban las pensiones, los hostales, los albergues. Se dijo: «No hay habitación para usted», en la puerta de cuatro pensiones, pero se arrojó valientemente sobre la escalera que conducía a la quinta pensión que encontró. Perdió y volvió a encontrar su pasaporte antes de entrar, y luego avanzó hasta una especie de mostrador donde un recepcionista lo podría estar confundiendo con un contrabandista. Quería, de rodillas, un cuarto para varios días porque en Barcelona se iba a encontrar con los Linares, porque estaba muy resfriado y porque tenía que dormir bien esa noche. El recepcionista le contó que él era el propietario de esa pensión, el dueño de todos los cuartos de esa pensión, de todas las mesas del comedor de esa pensión y después le dijo que no había nada para él, que sólo había un cuarto con dos camas para dos personas. Sebastián inició la más grande requisitoria contra todas las pensiones del mundo: a el que era un estudiante extranjero, a él que estaba enfermo, resfriado, cansado de tanto viajar, a él que tenía su pasaporte en regla (lo perdió y lo volvió a encontrar), a él que venía en busca de descanso, de sol y del Quijote, se le recibía con lluvia y se le obligaba a dormir en la intemperie. «Calma, calma, señor», dijo el propietario-recepcionista, «no se desespere, déjeme terminar: voy a llamar a otra pensión y le voy a conseguir un cuarto». &lt;br /&gt;Pero alguien estaba subiendo la escalera; unos pasos en la escalera, fuertes, optimistas, definitivos, impidieron que el propietario-recepcionista marcara el número de la otra pensión en el teléfono, y desviaron la mirada de Sebastián hacia la puerta de la recepción. Ahí se había detenido y ellos casi lo aplauden porque representaba todas las virtudes de la juventud mundial. Estaba sano, sanísimo, y cuando se sonrió, Sebastián leyó claramente en las letras que se dibujaban en cada uno de sus dientes: «Me los lavo todos los días; tres veces al día». Llevaba puestos unos botines inmensos, una llanta de tractor por suelas, en donde Sebastián sólo lograría meter los pies mediante falsas caricias y engaños y despidiéndose de ellos para siempre. Llevaba, además, colgada a la espalda, una enorme mochila verde oliva, y estaba dispuesto, si alguien se lo pedía, a sacar de adentro una casa de campo y a armarla en el comedor de la pensión (o donde fuera) en exactamente tres minutos y medio. Tenía menos de veinticuatro años y vestía pantalón corto y camisa militar. Era rubio y colorado y sus piernas, cubiertas de vellos rubios y enroscados, podrían causarle un complejo de inferioridad por superioridad.    &lt;br /&gt;Hizo una venia y habló: «Haben Sie ein Zimmer?». El propietario-recepcionista sonrió burlonamente y dijo: «Nein». Pero entonces Sebastian decidió que el dios Tor y él podían tomar el cuarto de dos camas por esa noche. Fue una gran idea porque el propietario-recepcionista aceptó y les pidió que mostraran sus documentos y llenaran estos papelitos de reglamento. Sebastián no encontraba su lápiz pero Tor, sonriente, sacó dos, obligándolo a inventar su cara de confraternidad y a decidirse, en monólogo interior, a mostrarle en el mapa que Tor sacaría de la casa de campo que traía en la mochila, dónde exactamente quedaba su país, a lo mejor le interesaba y mañana se iba caminando hasta allá. &lt;br /&gt;Se llamaba Sigfrido, no Tor, y Sebastián, ya con pulmonía, le entregó su mano para que se la hiciera añicos, obligándolo a cargar su maleta con la mano izquierda y a seguirlo mientras desfilaba enorme hasta la habitación bastante buena, con ducha y todo. Sebastián estornudó tres veces mientras se ponía el pijama y, cuando al cabo de unos minutos, vio a Tor desnudo meterse a la ducha fría, luego lo escuchó cantar y dar porrazos, no sabía bien si en la pared o en su pecho vikingo, decidió cubrirse bien con la frazada porque esa noche se iba a morir de pulmonía. «Tara-la-la-la-la-la-la; trra-la-la-la-la-lala-la; Jijoanito Panano, Jijoanito Panano...» &lt;br /&gt;—Estoy seguro, doctor psiquiatra, de que venía de dar la vuelta al mundo con la mochila en la espalda y los zapatones esos que eran un peligro para la seguridad, para los pies públicos. Y todavía podía cantar con una voz de coro de la armada rusa y bañarse en agua fría, sólo teníamos agua fría y no hubo la menor variación en el tono de voz cuando abrió el caño; nada, absolutamente nada: Siguió cantando como si nada y yo ahí muriéndome de frío y pulmonía en la cama... &lt;br /&gt;—Sebastián, yo creo que exageras un poco; cómo va a ser posible que un simple resfriado se convierta en pulmonía en cosa de minutos; te sentías mal, cansado, deprimido... &lt;br /&gt;—A eso voy, doctor psiquiatra; a eso iba hace un rato cuando lo empecé a ver a usted cag... &lt;br /&gt;—Ya te di je que había sido un error tener la cita en un café; constantemente volteas a mirar a la gente que entra... &lt;br /&gt;—No, doctor psiquiatra; no es eso; los sacudones que doy con la cabeza hacia todos lados son para borrármelo a usted de la mente cag... &lt;br /&gt;—Escucha, Sebastián... &lt;br /&gt;—Escuche usted, doctor psiquiatra, y no se amargue si lo veo en esa postura porque si usted no es capaz de comprender que un resfriado puede transformarse en pulmonía en un segundo por culpa de un tipo como Tor, entonces es mejor que lo vea siempre cagando, doctor psiquiatra... &lt;br /&gt;—... &lt;br /&gt;—¿No comprende, usted? ¿No se da cuenta de que venía de dar la vuelta al mundo como si nada? ¿No se lo imagina usted con la casa de campo en la espalda y luego desnudo y colorado bajo la ducha fría, preparándose para dormir sin pastillas y sin problemas las horas necesarias para partir a dar otra vuelta al mundo? &lt;br /&gt;—¿Cómo acabó todo eso, Sebastián? &lt;br /&gt;—Fue terrible, doctor; fue una noche terrible; se durmió inmediatamente y estoy seguro de que no roncó por cortesía; yo me pasé horas esperando que empezara a roncar, pero nada: No empezó nunca; dormía como un niño mientras yo empapaba todo con el sudor y clamaba por un termómetro; nunca he sudado tanto en mi vida y ¡cómo me ardía la garganta! Empecé a atragantarme las tabletas esas de penicilina; me envenené por tomarme todas las que había en el frasco. Fue terrible, doctor psiquiatra, Tor se levantó al alba para afeitarse, lavarse los dientes y partir a dar otra vuelta al mundo; a pie, doctor psiquiatra, las vueltas al mundo las daba a pie, no hacía bulla para no despertarme y yo todavía no me había dormido; ya no sudaba, pero ahora todo estaba mojado y frío en la cama y ya me empezaban las náuseas de tanta penicilina. Tor era perfecto, doctor psiquiatra, estaba sanísimo, y yo no sé para qué me moví: Se dio cuenta de que no dormía y momentos antes de partir se acercó a mi cama a despedirse, dijo cosas en alemán y yo debí ponerle mi cara de náuseas y confraternidad cuando saqué el brazo húmedo de abajo de la frazada y se lo entregué para que se lo llevara a dar la vuelta al mundo, me ahorcó la mano, doctor psiquiatra... &lt;br /&gt;—¿No lograste dormir después que se marchó? &lt;br /&gt;—Sí, doctor psiquiatra, sí logré dormir pero sólo un rato y fue suficiente para que empezaran nuevamente los sueños graciosos; fue increíble porque hasta soñé con las palabras necesarias para que el asunto fuera cómico; sí, sí, la palabra holocausto; soñé que el propietario-recepcionista y yo ofrecíamos un holocausto a Tor, allí, en la entrada de la pensión, los dos con el carnerito, y el otro dale que dale con su «Haben Sie ein Zimmer» y después empezó a regalarme tabletas de penicilina que sacó de un bolsillo numerado de su camisa... &lt;br /&gt;Era domingo y faltaban dos días para el día de la cita. Sebastián fue al comedor y desayunó sin ganas. Había vomitado varias veces pero era mejor empezar el día desayunando, como todo el mundo, y así sentirse también como todo el mundo. Necesitaba sentirse como todo el mundo. Era un día de sol y por la tarde iría a toros. Por el momento se paseaba cerca del mar y se acercaba al puerto. Se sentía aliviado. Sentía que la penicilina lo había salvado de un fuerte resfrío y que vomitar lo había salvado de la penicilina. Se sentía bien. Optimista. Caminaba hacia el puerto y empezaba a gozar de una atmósfera pacifica y tranquila y que el sol lograba alegrar. Sonreía al pensar en el Sigfrido que él habia llamado Tor y se lo imaginaba feliz caminando por los caminos de España. En el puerto se unió a un grupo de personas y con ellas caminó hasta llegar al pie de los dos barcos de guerra. Eran dos barcos de guerra norteamericanos y estaban anclados ahí, delante de él. Sebastián los contemplaba. No sabía qué tipo de barcos eran, pero los llamó «destroyers» porque esos cañones podrían destruir lo que les diera la gana. La gente hacía cola; subía y visitaba los «destroyers» mientras los marinos se paseaban por la cubierta y, desde abajo, Sebastián los veía empequeñecidos; entonces decidió marcharse para que los marinos que lo estaban mirando no lo vieran a él empequeñecido. Eran unos barcos enormes y Sebastián ya se estaba olvidando de ellos, pero entonces vio la carabela. &lt;br /&gt;Ahí estaba, nuevecita, impecable, flotando, anclada, trescientos metros más acá de los «destroyers», no a cualquiera le pasa, la carabela, y Sebastián dejó de comprender. Quiso pero ya no pudo sentirse como después del desayuno y ahora se le enfriaban las manos. Ya no se estaba paseando como todo el mundo por Barcelona y ahora sí que ya no se explicaba bien qué diablos pasaba con todo, tal vez no él sino la realidad tenía la culpa, presentía una teoría, sería cojonudo explicársela a un psiquiatra, una contribución al entendimiento, pero no: nada con la que te dije, nada de «recuéstese allí, jovencito», nada con las persianas del consultorio. &lt;br /&gt;Su carabela seguía flotando como un barco de juguete en una tina, pero inmensa, de verdad y muy bien charolada. Sebastián se escapó, se fue cien metros más allá hasta las «golondrinas». Así les llamaban y eran unos barquitos blancos que se llevaban, cada media hora, a los turistas a darse un paseo no muy lejos del puerto. Ahí mismo vendían los boletos; podía subir y esperar que partiera el próximo; podía sentarse y esperar en la cafetería. No compró un boleto; prefirió meterse a la cafetería y poner algún orden a todo aquello que le hubiera gustado decirle a un psiquiatra, a cualquiera. &lt;br /&gt;No pudo, el pobre, porque al sentarse en su mesa se le vino a la cabeza eso de los niveles. Recién lo captó cuando se le acercó el hombre obligándolo a reconocer que tenía los zapatos sucios, él no hubiera querido que se agachara, yo me los limpio, pero estaban sucios y el hombre seguía a su lado, listo para empezar a molestarse y él dijo sí con la cabeza y con el dedo y para terminar y ahora el hombre ya estaba en cuclillas y ya todo lo de los pies y los marineros de los «destroyers» arriba, sobre los taburetes, delante del mostrador, pidiendo y bebiendo más cerveza. «Yo también quiero una cerveza», dijo, cuando lo atendieron. El mozo también estaba a otro nivel. &lt;br /&gt;Después pensaba que el lustrabotas no tenía una cara. Tenía cara pero no tenía una cara, y cuando se inclinaba para comprobar sólo le veía el pelo planchado, luchando por llenarse de rulos y una frente como cualquier otra; nunca la cara; no tenía una cara porque también cuando se deshacía en perfecciones y dominios lanzando la escobilla, plaff plaff, como suaves bofetadas, de palma a palma de la mano, cada vez más rápido, lustrando, puliendo, sacando brillo con maña, técnica, destreza, casi un arte, un artista, pero no, no porque no era importante, era sólo plaff plaff, arrodillado, y los barquitos, «golondrinas», continuaban partiendo, cada media hora, llenos de turistas, a dar una vuelta, un paseo, no muy lejos del puerto, por el mar. &lt;br /&gt;El lustrabotas le dijo que el zapato tenía una rajadura, él ya lo sabía y no miró; entonces el hombre sin cara le dijo que no era profunda y que se la había salvado, le habia salvado el zapato, el par de zapatos; entonces él miró y ahí estaba siempre la rajadura, sólo que ahora además brillaba, obligándolo a apartar la mirada y agradecer, a agradecer infinitamente, a encender el cigarrillo, a beber el enorme trago de cerveza, a mirar al mostrador, a volver a pensar en niveles, a hablar de su adorado zapato, le había costado un dineral, obligándolo a pensar ya en la propina, qué le dijo el español sobre las propinas, qué piensan los Linares sobre los lustrabotas, cuántas monedas tenía, plaff plaff plaff, como suaves bofetadas, casi caricias, que es la generosidad. &lt;br /&gt;Todavía por la tarde, fue a los toros. &lt;br /&gt;—La peor corrida del mundo, doctor psiquiatra; no se imagina usted; fue la peor corrida del mundo, con lluvia y todo. Puro marinero americano, puro turista; sólo unos cuantos españoles y todos furiosos; todos mandando al cacho a los toreros, pero desistieron, doctor psiquiatra, desistieron y empezaron a tomarlo todo a la broma, doctor psiquiatra; burlas, insultos, carcajadas, almohadonazos; sólo la pobre sueca sufría, la pobre no resistía la sangre de los toros, se tapaba la cara, veía cogidas por todos lados, lloraba, era para casarse con ella, doctor psiquiatra, pero lloraba sobre el hombro de su novio, doctor psiquiatra, desaparecía en el cuello de un grandazo como Tor, doctor psiquiatra, un grandazo como Tor aunque este no estaba tan sano... &lt;br /&gt;—¿Y tuviste más sueños, Sebastián? &lt;br /&gt;—Ya no tantos, doctor psiquiatra, ya no tantos; sólo soñé con la corrida: Era extraño porque el grandazo de la sueca era y no era Tor al mismo tiempo... Sí, sí, doctor psiquiatra, era y no era porque después yo vi a Tor llegando a una pensión en Egipto y preguntando «Haben Sie ein Zimmer?», aunque eso debió haber sido más tarde, en realidad no recuerdo bien, sólo recuerdo que yo me asusté mucho porque la plaza empezó a balancearse lentamente, se balanceaba como si estuviera flotando y sólo se me quitó el miedo cuando descubrí que las graderías habían adquirido el ritmo de las mandíbulas de los marineros: Eran norteamericanos, doctor psiquiatra, y estaban mascando chicle... Parecían contentos... &lt;br /&gt;No le gustaba jugar a las cartas; no sabía jugar solitario, pero cree que puede hablar de lo que siente un jugador de solitario; cree, por lo que hizo esa mañana, un día antes de la cita con los Linares. &lt;br /&gt;Desayunó como todo el mundo en la pensión, a las nueve de la mañana. Después se sentó en la recepción, conversó con el propietario-recepcionista, evitó los paseos junto al mar y fumó hasta las once de la mañana. Una idea se apoderó entonces de Sebastián: por qué no haberse equivocado en el día de la cita; se habían citado el martes treinta de julio, a la una de la tarde, pero se habían citado con más de un mes de anticipación, y con tanto tiempo de por medio, cualquiera se equivoca en un día. Además le preocupaba no conocer Barcelona; ¿y si se equivocaba de camino y llegaba después de la hora?, ¿y si se perdía y llegaba muy atrasado?, ¿y si ellos se cansaban de esperarlo y decidían marcharse? Bajó corriendo la escalera de la pensión y se volcó a la calle en busca del Café Terminus, esquina del Paseo de Gracia y la calle Aragón. Y ahora caminaba desdoblando ese maldito plano de la ciudad que se le pegaba al cuerpo y se le metía entre las piernas con el viento. «Por aquí a la derecha, por aquí a la izquierda», se decía, y sentía como si ya lo estuvieran esperando en ese maldito café al que nunca llegara. El sol, el calor, el viento, la enormidad del plano que se desdoblaba con dificultad, que nunca jamás se volvería a doblar correctamente, que podía estar equivocado, ser anticuado... No, no; parado en esa esquina, la más calurosa del mundo, sin un heladero a la vista, no, el ya nunca más volvería a ver a los Linares. &lt;br /&gt;Y después no pudo preguntarle al policía ése porque el propietario-recepcionista se había quedado con su pasaporte, su único documento de identidad, ¿y si había vencido ya su certificado de vacuna?, a ese otro sí podía preguntarle: peatón, transeúnte, hágame el favor, señor, y luego lo odió cuando le dijo que el Terminus estaba allá, en la próxima esquina, y él comprobó que faltaba aún una hora para la cita, además la cita era mañana.    &lt;br /&gt;Realmente ese mozo del Terminus tenía paciencia, no le preguntaba qué deseaba, aunque no debía seguirlo con la mirada. ¿Qué podía estar haciendo ese señor? ¿Por qué se sentó primero en el interior y después en la terraza? ¿Por qué se trasladó del lado izquierdo de la terraza, al lado derecho? ¿Qué busca ese señor? ¿Está loco? ¿Por qué no cesa de mirarme? Me va a volver loco; ¿no se le ocurre comprender? Y así Sebastián estudiaba todas las posibilidades, se ubicaba en todos los ángulos, estudiaba todos los accesos al café, para que no se le escaparan los Linares. Escogería la mejor mesa, aquella desde donde se dominaban ambas calles, desde donde se dominaban todas las entradas al café. La dejaría señalada y mañana vendría, con horas de anticipación, a esperar a los Linares. Pero ahora también los esperó bastante, por si acaso. &lt;br /&gt;La noche antes de la cita también soñó, pero era diferente. Por la mañana se despertó muy temprano, pero se despertó alegre y desayunó sintiéndose mejor que todo el mundo. También caminó hasta el Café Terminus, pero ahora ya conocía el camino y no traía el plano de la ciudad. Llevó ropa ligera y anteojos de sol, pero el sol estaba agradable y no quemaba demasiado. Una vez en el café, encontró su mesa vacía y el mozo ya no lo miraba desesperantemente; se limitó a traerle la cerveza que él pidió, y luego lo dejó en paz con el cuaderno y el lápiz que había traído para escribir, porque aún faltaban horas para la hora de la cita. Y escribía; escribía velozmente, y durante las primeras dos horas sólo levantaba la cabeza cada diez minutos, para ver si ya llegaban los Linares; luego ya sólo faltaba una hora, y entonces levantaba la cabeza cada cinco minutos, cada tres, cada dos minutos porque ya no tardaban en llegar, pero escribía siempre, escribía y levantaba la cabeza, escribía y miraba... un mes. &lt;br /&gt;—Dices que eran unos sueños diferentes, Sebastián... &lt;br /&gt;—Sí, doctor, completamente diferentes; eran unos sueños alegres, ahí estaban todos mis amigos, todos me hablaban, los Linares llegaban constantemente, no se cansaban de llegar, llegaban y llegaban; eran unos sueños preciosos y si usted me fuera a dar pastillas, yo sólo quisiera pastillas contra los otros sueños, para estos sueños nada, doctor, nada para estos sueños de los amigos y de los Linares llegando... &lt;br /&gt;¿Cuál de los dos está más bronceado? ¿Él o ella? ¿Cuál lleva los anteojos para el sol? ¿Quién sonríe más? Maldito camión que no los deja atravesar. Y el semáforo todavía. Ponte de pie para abrazarlos. No derrames la cerveza. No manches el cuento. No patees la mesa. Luz verde. Cuál de los dos está más bronceado. A quién el primer abrazo. Las sonrisas. Los Linares. Las primeras preguntas. Los primeros comentarios a las primeras respuestas. &lt;br /&gt;—¡Hombre!, ¡Sebastián!, pero si estás estupendo. &lt;br /&gt;—Sí, sí. Y ustedes ¡bronceadísimos! Ya hace más de un mes. &lt;br /&gt;—¡Hombre!, mes y medio bajo el sol; ya es bastante. ¿Y no ves lo guapa que se ha puesto ella? &lt;br /&gt;—Y ahora, Sebastián, a Gerona con nosotros. &lt;br /&gt;—¿Tres cervezas? &lt;br /&gt;—Sí, sí. Asiento, asiento. &lt;br /&gt;—¿Y esto qué es, Sebastián? &lt;br /&gt;—Ah, un cuento; me puse a escribir mientras los esperaba; tendrán que soplárselo. &lt;br /&gt;—¡Vamos!, ¡vamos!, ¡arranca! &lt;br /&gt;—No, ahora no; tendría que corregirlo. &lt;br /&gt;—¿Y el título? &lt;br /&gt;—Aún no lo sé; había pensado llamarlo Doctor psiquiatra, pero dadas las circunstancias, creo que le voy a poner Antes de la cita, con ustedes, con los Linares. &lt;br /&gt;París, 1967&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-2847886409003554600?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2010/05/antes-de-la-cita-con-los-linares.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://lh4.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S-daH5LhysI/AAAAAAAAAGg/dMoKv1stCfs/s72-c/el_psiquiatra_by_BlackSugar%5B3%5D.jpg?imgmax=800' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-7094555959485431279</guid><pubDate>Mon, 22 Mar 2010 02:13:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-03-21T19:26:21.479-07:00</atom:updated><title>Pishtaco - Dante Castro Arrasco</title><description>&lt;div align="center"&gt;&lt;a href="http://www.flickr.com/photos/runnerk/4453032410/"&gt;&lt;img alt="pishtaco" border="0" height="210" src="http://lh5.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S6bSLN7WLSI/AAAAAAAAAFE/jxOEZ2wdvLk/pishtaco%5B4%5D.jpg?imgmax=800" style="border-bottom: 0px; border-left: 0px; border-right: 0px; border-top: 0px; display: inline;" title="pishtaco" width="314" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="color: grey; font-size: xx-small;"&gt;foto: &lt;/span&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="color: grey; font-size: xx-small;"&gt;sergioranalli&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="color: grey; font-size: xx-small;"&gt; - Flickr&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;Alguien le dijo a Mateo Ramos que el Pishtaco andaba rondando por las chacras de la otra banda y él se rió.&amp;nbsp; "Ignorantes", dijo y carcajeándose se alejó para sus pagos.&amp;nbsp; Fue la última vez que brindó aguardiente con los vivos: sólo encontraron su cabeza con el gesto de desamparo que origina el último estertor de la muerte.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Venancio Paredes contaba que tuvo la peor sorpresa de sus borracheras cuando vio aquella bola con pelos sobre el cascajo irregular de la carretera.&amp;nbsp; Al pie del tronco de un pijuayo quemado, el rostro del Mateo sacaba la lengua a medias con los ojos entrecerrados.&amp;nbsp; Venancio encontró el valor suficiente para sobreponerse al susto y cogiéndola de una crencha, regresó a la tienda de Dimas para comunicar al resto de bebedores la última hazaña del Pishtaco.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Pensar que el Mateo era un cholo trejo -comentaba el indio Castro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Lo han agarrado borracho, pues. ¿Quién se va a defender así?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -No estaba tan tomado el cholo.&amp;nbsp; No creyó lo que le contaron del Pishtaco y vela ahí su cabeza. ¿Onde andará su cuerpo ahora? -decían.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ante la luz irregular del negocio de Dimas, los vecinos observaban el macabro hallazgo de quien hasta hacía una hora había osado marcharse solo a su casa.&amp;nbsp; Nadie pudo conciliar el sueño esa noche.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La época de lluvias iba dejando los bosques de Tambochaque a duras penas.&amp;nbsp; Cuando parecía que ya no iba a llover, los nubarrones regresaban con mayor osadía para quedarse horas sobre los pocos techos que habitaban la zona.&amp;nbsp; No podían los colonos salir a trabajar y mucho menos procurarse alguna presa en el monte.&amp;nbsp; Cristina Tarazona mirando la lluvia no conseguía olvidar la última conversación con Mateo, tampoco sus manos y su calor de hombre.&amp;nbsp; "No hay Pishtacos, Cristina.&amp;nbsp; Ese ha sido un cuento de los poderosos para quitarles su tierra a los pobres", le había dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name='more'&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Bajo el techo de calaminas recordaba la mujer a su marido mirando la lluvia implacable.&amp;nbsp; Cuánto cambió en la ciudad.&amp;nbsp; Vino con ideas raras y hasta quería formar una cooperativa de cafetaleros en Tambochaque.&amp;nbsp; Cristina suspiraba recordando, mientras introducía palos secos en la cocina de leña.&amp;nbsp; Pasarían así los primeros días de marzo con aguacero y el temido Píshtaco no hacía su aparición de costumbre.&amp;nbsp; La gente se acostumbró a compartir la vigilia con el sueño.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Menos mal que aún me queda frejol... -comentaba el indio Castro- Sino nadie le daría de comer a mis guaguas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ayer cazamos un samaño, con perro nomás, pero nos hemos tirao nuestra mojada... Como pa' no salir de nuevo -habló Venancio Paredes.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Dimas sirvió copas de aguardiente.&amp;nbsp; Las caras eran tristes, sin ánimo.&amp;nbsp; La lluvia y el Pishtaco habían llegado juntos ese año, como dos desgracias acompañándose.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Dicen que el Pishtaco es el alma de un español.&amp;nbsp; Los españoles mataban muchos indios y por eso se fueron todos al infierno.&amp;nbsp; Así que de vez en cuando el Patudo manda uno de ellos pa’ que mate más peruanos.&amp;nbsp; Los mata sin confesión y así se lleva su alma derechita pa’l infierno -contaba el viejo Enrique Ataucusi.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Y qué me dice de la manteca, don Enrique? -preguntó Venancio Paredes antes de convidar mapachos a los presentes.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Nos hace comer manteca de cristiano, porque ya no seremos los mismos después de haber comido lo de otro semejante. ¡Sabido es! Nos volveremos malos, el uno contra el otro. ¿Onde saben que dentro de poco estaremos dándonos vuelta entre los vecinos de esta banda del río?&amp;nbsp; Blanco es el Pishtaco, rubia su barba del muy astuto: alto y trejo es.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pero Cristina Tarazona es quien más piensa sobre qué puede hacerse con el Pishtaco.&amp;nbsp; En la soledad de su chacra cría a los hijos de sus dos matrimonios y les da de comer a las gallinas los últimos puñados de maíz que quedan en el silo.&amp;nbsp; La lluvia impide ir a sacar más.&amp;nbsp; "Piensa Cristicha, piensa”, se repite mientras hace las tareas.&amp;nbsp; De tres que tiene sólo uno es hijo de los amores con Mateo. Era el más pequeño, con la frente amplia del padre y la misma mirada de desconfianza. Lo mandaba a jugar lejos, en alguna charca de barro donde sus ojos no la alcanzaran y le trajesen recuerdos.&amp;nbsp; A veces lo veía venir con el pelo lleno de mariposas de colores y la hacía suspirar.&amp;nbsp; "Piensa Cristicha, piensa: ya te quitó el marido; después ¿qué te ha de quitar?”.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En la mañana Cristina salió desde temprano para dejar a sus tres criaturas con la comadre del frente.&amp;nbsp; Cruzó la crecida balanceándose en el rudimentario asiento del huaro, mirando hacia abajo las aguas marrones y rugientes.&amp;nbsp; Luego mandó jalar la polea para que el mayor de ellos recibiera el asiento y la siguieran a través del cable.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Sólo tengo platanitos pa' que les dé, comadre.&amp;nbsp; Ahí le dejo. -dijo a su comadre Epifanía entregándole la talega y partió hacia la tienda de Dimas, a esperar cualquier transporte que la llevara al pueblo.&amp;nbsp; Bajo el alero del local cerrado esperaría.&amp;nbsp; Cuando la lluvia arreció, los animales de corral que Dimas dejaba sueltos se refugiaron a su lado, bajo el mismo techo protector, buscando el calor de su cuerpo.&amp;nbsp; Pasarían así los minutos primero y las horas después, sin que la lluvia permitiera vislumbrar ningún vehículo y ella esperaría mirando a los animales abrigarse, pelear y hasta aparearse una y otra vez a su lado.&amp;nbsp; Por fin el ruido de un motor la hizo incorporar espantando al chancho que se refugiaba en sus polleras y haciendo huir a las aves de corral.&amp;nbsp; Era un camión cargado de viajeros que iban cubriéndose las cabezas y los hombros con plásticas de colores.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Suba! -la ayudaron a trepar por la parte trasera.&amp;nbsp; Una vez acomodada entre tambaleos y empujones, en poco tiempo se enteró de las desgracias que trajo el temporal: no había pase por la carretera, la crecida se llevó el puente, el ómnibus de la empresa "Los Andes’' se había rodado.&amp;nbsp; "Muchos muertos", decía una anciana asustada.&amp;nbsp; Todos hablaban de las calamidades del tiempo y ella renunciaba a revelar la suya, como sabiendo de antemano que la gente se burlaba de esas cosas: "Pishtaco".&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Llegas a los años Cristina Tarazona.&amp;nbsp; Malos vientos han de soplar.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Dijo el curandero desde su habitual posición de cuclillas en la puerta de la casa.&amp;nbsp; Parecía una raíz prieta y nudosa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Quiero consultar la soga, don Julio -murmuró Cristina sin levantar la vista del suelo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Las nueve de la noche es buena hora.&amp;nbsp; Si no has comido nada desde la mañana, puedes tomar.&amp;nbsp; Contigo van a tomar dos personas más.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cristina se retiró hacía la casa de su madrina.&amp;nbsp; La vieja preparaba juanes y tamales en la única habitación que poseía, para luego vender su mercadería a los noctámbulos pueblerinos.&amp;nbsp; Allí haría tiempo ayudándola a amarrar las hojas de plátano que protegen el alimento.&amp;nbsp; "Piensa Cristi, piensa: luego serán tus hijos", se repetía mientras ayudaba.&amp;nbsp; Ni la madrina ni los gatos que la rondaban pudieron sacarla de su melancolía.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Qué pasa, Cristina?... ¿Se han enfermao los hijos?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Nada madrina.&amp;nbsp; Es la lluvia que me pone triste.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La dueña salió con los bultos al mercado y ella se durmió junto al fuego, esperanzada en que las horas pasarían así más rápido.&amp;nbsp; Cuando despertó, consultó el viejo reloj de pared: faltaba un cuarto de hora aún.&amp;nbsp; Se puso la plástica sobre los hombros y salió hacia las últimas casas del pueblo.&amp;nbsp; La lluvia arreciaba y su estómago se retorcía por el ayuno sostenido.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Siéntate Cristina, llegas temprano.&amp;nbsp; Eso es bueno... -a la luz de la vela distinguió los brazos magros y venosos del curandero, como ramas secas del monte.&amp;nbsp; Sentados en el entablado le acompañaban un joven y una señora de edad madura.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Buenas noches -saludó a los extraños y le respondieron con desgano, como si les avergonzara estar allí.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -La señora y el joven nos van a acompañar...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El viejo sacó la botella de contenido espeso y en la otra mano traía una taza de plástico bastante usada donde ofrecería el bebedizo a&amp;nbsp; los presentes.&amp;nbsp; Sirvió primero para la señora rezando antes el líquido, silbando suavemente en la orilla.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Tómeselo de un trago -dijo.&amp;nbsp; La mujer no pudo ocultar el asco luego de pasarlo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ahora usted, joven -extendió la taza hacia el muchacho después de rezar el contenido.&amp;nbsp; El aludido se armó de valor, reprimió la repugnancia inicial y luego sonrió a los demás.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ahora tú, Cristina Tarazona.&amp;nbsp; He cargado tu ayahuasca para que veas lo que quieres ver.&amp;nbsp; Encontrarás si quieres encontrar.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cristina bebió apresurada sin demostrar el menor rechazo. El último en vaciar el pocillo fue el brujo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Vamos esperando tranquilos a que venga la mareación... Conversando esperamos y así nos conocemos mejor.&amp;nbsp; El joven no sabe por qué amanece con ese desgano todos los días que ni puede trabajar; cree que es daño que le han hecho y si el ayahuasca quiere revelarle, hasta la solución podemos encontrar.&amp;nbsp; La señora tiene sus problemas de salud y por más que ha ido al médico, no hay curación.&amp;nbsp; En la mareación de repente descubrimos que se trata de algún exceso y nos podemos enterar dónde está la curación.&amp;nbsp; El ayahuasca me dice la hierba, el material con que les debo curar a los enfermos... Pero tú, Cristina Tarazona, algo muy especial vienes a buscar.&amp;nbsp; Con razón no me has querido decir tu preocupación: yo cantaré para que encuentres la respuesta.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Sonreía entre los requiebros de luz.&amp;nbsp; Nadie quiso comentar después de las explicaciones del brujo.&amp;nbsp; Había un intercambio de miradas vacías y desconfiadas.&amp;nbsp; Sólo se sentía el aguacero sobre las calaminas y el ladrido lejano de los perros.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ya está comenzando, parece -dijo el muchacho rompiendo el silencio.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ya comienza -agrega la señora.&amp;nbsp; Don Julio apagó la vela y quedaron a oscuras sintiendo el temblor que sacudía las paredes de madera.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ya no aparece el Pishtaco por acá, ¿no? -preguntó Dimas a sus clientes habituales.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Dicen que le han visto por Playapampa andando con escopeta y machete.&amp;nbsp; A las seis lo ven, casi de noche -comentó el Indio Castro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Como dice el Ataucusi: alto y con barba rubia -agregó Venancio Paredes- ...Dicen también que lo han visto irse pa' las chacras que ha rozáo Blitz, allá abajo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Raro más bien es que no lo haya matado a Blitz... Vive solo el viejo en su chacra, creo que tiene un hijo estudiando en Huánuco, nada más.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Solo, acompañao... Igual lo pueden voltear a uno.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Desde que le dieron vuelta al teniente gobernador no hay quien reclame policía pa' estos lugares.&amp;nbsp; No creen tampoco lo del Pishtaco allá en el pueblo.&amp;nbsp; Se burlan si uno les cuenta.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Peor, vecino.&amp;nbsp; Dicen que nos estamos matando por los denuncios de tierras.&amp;nbsp; "Así son estos serranos"... "¿Por qué no se quedan en la sierra?”, dicen.&amp;nbsp; Nadies cree lo del Pishtaco.&amp;nbsp; Habrá que hacerse justicia uno mismo, mejor. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Dios me perdone por lo que voy a decir... -habló el indio Castro como iniciando una confesión- ...Pero pa' mí,&amp;nbsp; el único Pishtaco puede ser Blitz.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -No sirve hablar así, pues, vecino Castro.&amp;nbsp; Es pecado hablar tan ligero.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Dijo el dueño del negocio dejando de enrollar un cigarro de tabaco fuerte.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Carajo!&amp;nbsp; Me capo yo mismo si no es. ¿Acaso no es gringo? ¿Acaso no tiene buen tamaño?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Pero no usa barba -dijo Venancio Paredes colmándose un vaso de cerveza.&amp;nbsp; Intercambiaron miradas dudosas.&amp;nbsp; Un trueno remeció las montañas, a la vez que el resplandor de los relámpagos iluminaba la carretera.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Puede ponerse postizo.&amp;nbsp; Esas cosas hay.&amp;nbsp; Por demás ha querido comprar las tierras que denunciamos. ¿A quién no le ha ofrecido plata?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Verdad, ¿no?... Pero podemos estar juzgando de una persona respetable.&amp;nbsp; Peligroso es hablar así, amigo Castro&amp;nbsp;&amp;nbsp; -reiteró Dimas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Buenas noches -tronó una voz ronca a espaldas de los parroquianos.&amp;nbsp; El rostro del cantinero palideció a la luz del lamparín de querosene.&amp;nbsp; Los ojos de los bebedores se posaron en el corpachón cubierto por plástica negra que escurría abundante agua y tragaron saliva frente a los cañones de la escopeta que traía entre las manos.&amp;nbsp; Toda el agua del cielo se precipitaba sobre las calaminas de Tambochaque.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La señora ha vomitado muchas veces.&amp;nbsp; El muchacho, en cambio, luce desparramado en el piso en la misma posición cómoda que adoptó al inicio de la mareación.&amp;nbsp; Mientras tanto don Julio canta, susurra apenas tonos de voz acompasados, repitiéndolos hasta el cansancio.&amp;nbsp; Se interrumpe de repente para hablar.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Yo lo estoy viendo, Cristina Tarazona.&amp;nbsp; Veo lo que tú ves.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -No quiero ver más -le responde ella.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Tienes que ver más: tienes que seguir viendo.&amp;nbsp; Míralo cómo corre&amp;nbsp; por los yucales para ir a matar a la gente.&amp;nbsp; Va a matar el ganado también y luego se irá pa' la otra banda haciendo lo mismo. ¿Acaso lo reconoces?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -No...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Míralo bien.&amp;nbsp; Dime si lo reconoces.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -No le he visto nunca.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Es espectro, ser humano no es.&amp;nbsp; Más dificil de derrotar son esos gramputas que nos manda el Mal.&amp;nbsp; Y más trabajo, más peligroso todo lo que tenemos que hacer.&amp;nbsp; Velo ahí cómo se recoge pa'l monte; ni siquiera separa las ramas ni abre trocha, porque pa' él no hay trochas que valgan.&amp;nbsp; Espectro, espectro, espectro del mal vas a perecer...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La señora se queja cogiéndose el vientre, como si le vinieran arcadas a pesar de que nada tiene que arrojar.&amp;nbsp; Don Julio vuelve a sumirse en cantos susurrantes, incansable repitiendo lo mismo una y otra vez.&amp;nbsp; La lluvia azota la vegetación, los techos y la tierra.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Dije buenas noches -repitió con voz grave el recién llegado.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Vecino Blitz, sí que nos ha dado un buen susto verlo así de repente.&amp;nbsp; Perdónelos a estos chactosos que seguro le han confundido con el Pishtaco -lo reconoció Dimas, tratando de solapar el miedo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Llevaba botas de jebe y una gorra modesta.&amp;nbsp; Ingresó con pasos lentos sobre el entablado y descargó la escopeta sin dejar de mirar a los presentes.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Todos estamos nerviosos con esos asesinatos.&amp;nbsp; A cualquiera le cuelgan el nombrecito ese de Pishtaco.&amp;nbsp; Bájate una botella de aguardiente para los respetables, a ver si les pasa el susto.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Va a tomar con el pueblo, amigo Blitz? -preguntó el indio Castro reponiéndose del espanto.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Un solo trago quiero; es para espolear esta humedad que se pega a los huesos -respondió quitándose la plástica negra de los hombros.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Con todo respeto, vecino... Permítame la pregunta -intervino Venancio Paredes- ...¿Quiere todavía comprar los terrenos de esta banda del río?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Quiero y puedo -respondió escueto, mientras ofrecía aguardiente a los únicos parroquianos de esa hora.&amp;nbsp; El perfume del licor se impregnó en las paredes del negocio.&amp;nbsp; Brindaron juntos la primera copa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Con el mismo respeto, señor.&amp;nbsp; Todos se preguntan aquí en Tambochaque: ¿para qué quiere un hombre solo, tanta tierra de uno y otro lado? -habló el indio Castro sirviéndose nuevamente.&amp;nbsp; Blitz rechazó la botella que le extendían y contempló por un momento al interpelador.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Voy a aliviar tu curiosidad.&amp;nbsp; Hay productos que se exportan a otros países: cochinilla, cacao, café.&amp;nbsp; Para sacar provecho de eso, hay que sembrar buena cantidad de tierras.&amp;nbsp; Por acá nadie lo hace.&amp;nbsp; Cada uno siembra lo que quiere, lo que puede; nadie planifica y cuando viene el mal clima,&amp;nbsp; todo se va a la mierda.&amp;nbsp; Esa es nuestra desgracia, mucha ignorancia hay... Por eso andamos mal.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mientras circulaba por tercera vez la botella, los presentes algo mareados trataban de calibrar las palabras del viejo.&amp;nbsp; Era uno de esos colonos extranjeros que llegaron primero y abrieron camino para que luego vinieran otros de la zona andina.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Estos deben estar chupando desde temprano -sonrió a Dimas.&amp;nbsp; Pidió galletas de agua, pilas y cigarros.&amp;nbsp; El tendero envolvió el pedido en papel periódico y recibió la paga correspondiente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Sólo usted me paga al contado, vecino.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Será porque no chupo como estos indios -dijo en voz baja- Bueno, señores, ha sido un placer y me voy por mi rumbo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ninguno de los beodos devolvió la cortesía.&amp;nbsp; Lo vieron cargar nuevamente la escopeta con los dos cartuchos y colocarse la plástica en los hombros antes de salir hacia la oscuridad.&amp;nbsp; Los perros miedosos y friolentos se arrellenaron entre los pies de los parroquianos, mientras la lluvia iba cediendo hasta convertirse en una garúa gruesa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Nos vamos también, Dimas.&amp;nbsp; Me apuntas una de aguardiente pa'l camino.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Dijo Venancio Paredes con los efectos del alcohol y la mala noche reflejados en el rostro.&amp;nbsp; También los labios del indio Castro se deformaban en una mueca grotesca.&amp;nbsp; Mareados los dos salieron al camino y desaparecieron sorteando los charcos de barro de la carretera.&amp;nbsp; Dimas resopló aliviado, procediendo a cerrar el local ante la mirada indiferente de los perros.&amp;nbsp; Los vio apocados, cobardes y acostumbrados al ocio; los botó a gritos y lisuras antes de entornar la puerta rudimentaria.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Carajo! -maldijo en la penumbra buscando el machete que siempre colgaba tras la puerta.&amp;nbsp; Salió caminando por el centro de la carretera sin importarle los charcos cubiertos de mariposas nocturnas.&amp;nbsp; Siguió apresurado mientras sus ojos cansados buscaban entre las tinieblas alguna silueta humana.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Rateros! -gritó sin detenerse bajo las últimas gotas de una lluvia incipiente.&amp;nbsp; Por fin vio la figura de alguien que, al parecer, no habiendo podido resistir la borrachera se había tendido en el camino.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Ratero, carajo! ¿On' tá mi machete? -quiso voltearlo de un puntapié pero el caído no reaccionó.&amp;nbsp; Trató de tomarlo de las solapas, mas súbitamente lo soltó horrorizado.&amp;nbsp; El hombre tenía el cráneo partido a machetazos.&amp;nbsp; Más allá del cadáver halló el paquete de galletas, pilas y cigarros que hasta hacía menos de media hora él mismo le despachara.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Te acordarás Dimas, de lo que te dije?&amp;nbsp; Una vez que comen sebo de cristiano se vuelven el uno contra el otro: no hay piedad para nadies.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Decía el viejo Enrique Ataucusi al bodeguero.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Y quién va a vender sebo de hombre, don Enrique? contestó sintiéndose acusado.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Acaso sabes de dónde te traen la manteca? ¿Conoces al que vende manteca de chancho? -preguntaba casi gritando el viejo- ¿Quién te vende a ti pa' que tú vendas?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -No sirve hablar así, pues, don Enrique.&amp;nbsp; Feo es acusar sin pruebas a la gente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Otros parroquianos ocasionales voltearon miradas hacia el tendero.&amp;nbsp; Poco a poco se iban acercando al mostrador interesados por la discusión.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Lo único que sé es que viene de Sogorno.&amp;nbsp; La trae un hombrecito a lomo de bestia cada tres semanas, pero no le conozco.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Cómo compras entonces a quien no conoces? -preguntó irritado&amp;nbsp;&amp;nbsp; un borrachito de Pedregal.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Desde cuándo viene ése a venderte manteca? -preguntó otro bebedor.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Unos meses atrás nomás. ¿Qué tengo que ver quién me vende y quién no?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ahí está, pues, la vaina.&amp;nbsp; Capaz nos hemos comido la manteca del Mateo Ramos, de Pascual Huamaní y de otros muertos -agregó el anciano.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Dimas sintió el peligro cerca suyo, tan cerca como las caras que vociferaban preguntas y se las respondían al mismo tiempo.&amp;nbsp; Las voces fueron subiendo de tono y los puños crispados se alzaban amenazantes también.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Es hora de retirarse, señores.&amp;nbsp; Esto lo va a venir a solucionar la policía. ¡Largo, largo que nadie va a pagar! ...¡Hagan el favor de desocupar el negocio! ...¡Fuera!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Golpeó el mostrador con un garrote de chonta que tenía a mano y salió a empujar a la gente fuera del precario local.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Nadie opuso mayor resistencia por la oportunidad que se les ofrecía de no pagar y por la amenaza del palo que Dimas esgrimía con determinación.&amp;nbsp; Sin embargo, le siguieron maldiciendo y algunos arrojaron piedras sobre las calaminas antes de irse.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Vio comadre?... Desde que mataron al gringo Blitz, ya no hay Pishtaco por acá.&amp;nbsp; Seguro que él era el Pishtaco -comentaba Epifania Rodríguez a Cristina.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -No ha sido Pishtaco, comadre.&amp;nbsp; Otro es y estos bestias han matado a un inocente que a nadies hizo daño.&amp;nbsp; Ahora verán más muertes en Tambochaque, como nunca han visto, y se darán cuenta del pecado que han cometido.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mientras conversaban, las comadres iban mirando por momentos el camino boscoso y escarpado que conduce a Pedregal.&amp;nbsp; Por allí regresarían los guardias civiles que peinaban la zona en busca del asesino.&amp;nbsp; Fue por denuncia de Dimas que vinieron los uniformados a Tambochaque, alentados más por la pachamanca que ofrecía el denunciante que por el hallazgo del último cadáver.&amp;nbsp; A la altura de la tienda iban aglutinándose colonos que curiosamente observaban en dirección a Pedregal.&amp;nbsp; Un caminante que cruzó el río hacia la bodega, comentaba que ya habían agarrado al Pishtaco.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Al fin, carajo... -dijo Dimas al recibir la noticia.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La gente allí congregada celebró la posible captura del azote de la región.&amp;nbsp; De pronto los dedos señalaron en dirección hacia donde la trocha a Pedregal se confunde entre el cielo y la selva, y los campesinos sonrieron jubilosos ante la aparición de la patrulla con el detenido.&amp;nbsp; A medida que iban bajando, los comentarios disminuían y se tornaban en frases de desaprobación.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Qué es eso, caramba!&amp;nbsp; ¡Qué injusticia!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Lo han capturado al Místico. ¿Qué mal puede hacer ese hombre?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ese es inocente... Es israelita.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -A un santo lo han capturado... -decían.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El detenido marchaba escoltado por sus captores con las manos atadas a la espalda y reflejando fatiga en el rostro.&amp;nbsp; Tenía el pelo largo suelto y la barba rala se prolongaba hasta el pecho.&amp;nbsp; Todos le decían Místico, por sus costumbres de santo y el abundante conocimiento&amp;nbsp;&amp;nbsp; de la Biblia.&amp;nbsp; Pertenecía a la secta de israelitas andinos que colonizaban algunas provincias de la selva alta.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -El Místico no mataría una mosca.&amp;nbsp; Es un abuso... -decían.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando los guardias estuvieron cerca con el detenido, la gente optó por guardar silencio ante la amenaza oscura de las metralletas.&amp;nbsp; Dimas se acercó al oficial.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Este hombre es inocente, jefe.&amp;nbsp; A nadie haría daño. ¿No ve que es un israelita?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Este serrano?&amp;nbsp; Más de israelita tengo yo, cojudo. ¿No me pidieron que detenga a un barbudo?&amp;nbsp; Bueno pues, éste es el único que usa barba por acá. ¡Estos cholos. carajol ¿Quién los entiende? -respondió el oficial casi sin mirarlo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Hicieron subir al prisionero a la camioneta de patrullaje y partieron en dirección al pueblo.&amp;nbsp; El Místico resignado recorrió a los tambochaquinos con una mirada lánguida a manera de despedida.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Otro inocente que lo creen Pishtaco, comadre -comentó Cristina.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Los animales aparecían muertos cada tres días en los corrales.&amp;nbsp; Vacas, chanchos y caballos eran degollados en horas de sueño, sin que los dueños pudieran darse cuenta.&amp;nbsp; La desconfianza iba minando amistades que se suponían inquebrantables y la gente prefería refugiarse en sus tierras antes que caminar hacia predios ajenos en busca del saludo o la conversación.&amp;nbsp; Sólo los valientes o los tercos osaban andar por las trochas y bajar hacia la bodega de carretera para tomarse los tragos de siempre.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Y por qué será que cada tres días hay estas desgracias? -preguntaba Dimas atendiendo a los bebedores.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Quién va a saber eso.&amp;nbsp; Por más escopeta que tengas, por más cuidado que pongas, el Pishtaco te sale madrugando -respondió el Indio Castro subiendo el cierre de su casaca.&amp;nbsp; Afuera el cielo nuevamente chispeaba.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Lo que sorprende es que no le hace nada a la viuda del Mateo.&amp;nbsp; Ni se le siente después de la muerte del marido.&amp;nbsp; Hasta parece que se la ha tragado la tierra -dijo Venancio Paredes.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Y buenamoza todavía se conserva.&amp;nbsp; Peligroso es que ande en esa soledad con los hijos.&amp;nbsp; Ni perro tiene pa' que avise.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Y para qué sirven al final los perros, amigo Castro?&amp;nbsp; Vea nomás los costales de huesos que tengo acá.&amp;nbsp; ¡Pa' comer nomás sirven!&amp;nbsp; Si viene la viuda de Ramos, le regalo los tres.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Mateo tenía escopeta. Andaba cazando siempre... -recordó Venancio.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Y de tanto cazar, se llevó tan buena chola.&amp;nbsp; Caracho que si no anduviera casado yo... Ahoritita mismo me arrimaba por allá.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Qué pasa, vecino Castro? -sonrió Dimas- ...Usted ya no está para esas cosas.&amp;nbsp; El Pishtaco lo puede degollar por mostrenco.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Buena hembra, carajo.&amp;nbsp; Hasta buen terreno tiene -dijo Venancio Paredes mirando hacia el otro lado del río, como si con la vista pudiera traspasar la cortina de gotas que nublaba el paisaje.&amp;nbsp; Las gallinas que criaba Dimas se iban juntando debajo de las bancas, buscando el calor de las piernas de los parroquianos.&amp;nbsp; Afuera arreciaba la lluvia.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El Místico había regresado a su chacra una semana antes que los chacareros de Pedregal encontraran su cabeza cubierta de hormigas.&amp;nbsp; Vino acompañado de varios barbudos que traían sendas biblias bajo el brazo y que se habían preocupado de tramitar su libertad.&amp;nbsp; Cuando la noticia de su muerte recorrió los caminos, los mismos hombres de cabellos largos y de barbas ralas regresaron por lo único que quedaba de él.&amp;nbsp; Algunos curiosos bajaron hacia la tienda de Dimas para escuchar los cánticos religiosos y las plegarias que rezaban&amp;nbsp; esos hombres tan extraños con los brazos en alto.&amp;nbsp; Luego se retiraron por donde habían venido, llevándose en un costal la cabeza del que fue su hermano de secta.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Otra persona recorría trochas con un costal en la mano.&amp;nbsp; Los vecinos de Tambochaque y Pedregal contaban que Cristina Tarazona preguntaba a todos los que se cruzaban con ella por algunas plantas, y a sus hijos siempre se les veía en casa de su comadre Epifanía Rodríguez.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Parece que ya no los quiere... -decía la comadre a Dimas- Se está volviendo rara la pobrecita desde la muerte del marido. ¿Qué le estará pasando, no?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Tanta lluvia y tanto muerto, pues.&amp;nbsp; La gente se vuelve loca -respondía el tendero mirando las nubes negras que se desplazaban por encima de la vegetación.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; "Quema cuerno de vaca, ruda hembra, ishanga de acequia.&amp;nbsp; Úntate con excremento de gente", le había dicho el brujo Julio allá en el pueblo después del ayahuasca.&amp;nbsp; "Su lujuria es su perdición", le había advertido.&amp;nbsp; Y Cristina Tarazona juntaba lo que podía, sin comentarle a nadie de esas cosas.&amp;nbsp; Cuando le preguntaban mucho, ella se apartaba silenciosa y seguía su camino mirando la espesura como quien no quiere mirarla.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Falta un varón pa' que la haga entrar en juicio... -decía el indio Castro.&amp;nbsp; Los chactosos celebraban la ocurrencia con bromas subidas de tono.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; "Ellos no saben, Cristicha.&amp;nbsp; Sólo la mujer con su gracia puede agarrar al maldito para siempre".&amp;nbsp; Se repetía a sí misma y continuaba errando por los caminos con el costal al hombro.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Un relámpago iluminó las quebradas boscosas, mientras Cristina introducía agachada algunos palos secos en la cocina de leña.&amp;nbsp; Luego procedió a desnudarse para lavar su cuerpo untado de excremento, desanimada por la ineficacia de las recetas del brujo Julio.&amp;nbsp; Había pasado muchos días haciendo cosas desagradables, descuidando la casa y los hijos, siguiendo los métodos mortificantes que el curandero le indicara para atraer y ultimar al Pishtaco, pero nada había sucedido.&amp;nbsp; “Tonterías”, se dijo mientras frotaba su piel con un trapo húmedo que de rato en rato volvía a remojar en el recipiente con agua.&amp;nbsp; Los maderos ardientes fulguraban lanzando chispazos y reventando súbitamente.&amp;nbsp; "Cosas de locos", pensó estremecida por el viento frío que se colaba entre las calaminas de latón.&amp;nbsp; Cesaba el viento fugaz y volvía a tornarse cálida la habitación con el calor de la cocina.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mientras se enjuagaba los pies dentro de la batea, recordaba a sus hijos refugiados en casa de Epifanía Rodríguez, en la otra banda. Cuando quiso incorporarse, no pudo: sintió la punta del puñal en su espalda y supo que estaba perdida.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Así quería encontrar a la tortolita... -dijo alguien con voz ronca.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No era el viento de la quebrada el que hacía estremecer a Cristina ahora.&amp;nbsp; Un frío interior le recorría las vértebras hasta el cerebro y las rodillas se rehusaban a estar quietas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -No me mates -rogó enderezándose lentamente. La escopeta de Mateo descansaba inalcanzable en un rincón, como un recuerdo inútil.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Cómo te voy a matar ahora que te veo así? -dijo el hombre vestido de oscuro.&amp;nbsp; Una mano rugosa le acariciaba la espalda, los senos, las nalgas.&amp;nbsp; Afuera solamente la boca negra de la noche y el ruido de las ranas y alimañas que llamaban a la lluvia.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Usted va hacer cojudeces, amigo Castro.&amp;nbsp; Mejor regrese donde su mujer, vaya a ver sus hijos... -decía esa noche Dimas al indio Castro en plena borrachera.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Me vas a decir lo que tengo que hacer? ¿Eres hombre o no eres hombre?&amp;nbsp; Capaz a ti también te ha calentado la chola, so pendejo. ¡Quítenme las manos de encima, carajo! -el Indio Castro forcejeaba con el bodeguero y con el viejo Ataucusi,&amp;nbsp; al pie de la oroya que conducía hasta la otra banda del río.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Me está provocando soltarlo pa' que se rompa la crisma. ¿Quién va a cruzar de noche y zampado? -dijo Enrique Atau-cusi.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Viejo alcahuete, huevón. ¿Tú no estás zampado? ¿Ah?&amp;nbsp; Mejor di que no te atreves a cruzar.&amp;nbsp; Vamos los tres a ver a quién le hace caso la Cristina Tarazona.&amp;nbsp; Si yo sólo quiero decirle que me gusta y que si me deja voy a hacerme cargo de la viudita.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Ya está hablando de borracho nomás. ¿Ve? -Dimas lo vuelve a sujetar.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Tú también no estás borracho, huevón? ¿Entonces con quién he chupao? A que no se atreven a pasar conmigo a l'otra banda! ...¡Cabrones!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Y ya me provocó ver cómo se mata.&amp;nbsp; Así, viejo como estoy, tengo más güevas que tú, indio rosquete. ¡Vamos a pasar, carajo!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Así me gusta que canten los gallos!. -el indio Castro tomó el último sorbo de aguardiente y reventó la botella contra las piedras del río.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Por allá puede andar el Pishtaco.&amp;nbsp; Por las puras se están arriesgando.&amp;nbsp; Mejor regresamos a la tienda, yo mismo invito un trago a los valientes... -Dimas hizo un último intento de disuadirles,&amp;nbsp; pero el viejo Ataucusi ya había trepado en plena oscuridad al asiento estrecho del huaro.&amp;nbsp; Con manos nerviosas tanteó el cable, decidido a pasar sobre la crecida.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Pa' ese Pishtaco tengo este machete bien afilao! -fue lo que se le escuchó decir, antes de que desapareciera impulsándose a través del cable de acero.&amp;nbsp; El indio Castro lo siguió después de unos minutos y lo hizo cantando con voz destemplada un estribillo del huaino "Paloma blanca".&amp;nbsp; Dimas, resignado a cuidarlos en la borrachera, también cruzó apenas devolvieron el asiento.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Los tres hombres buscaron el camino. a tientas una vez que estuvieron en la banda contraria.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Esto no lo hago sano, amigo Castro -comentó nervioso el tendero.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Abril nos trae la seca, por fin... -dijo Enrique Ataucusi mirando los nubarrones densos que ocultaban la luna por momentos.&amp;nbsp; Las luciérnagas centelleaban intermitentes a los costados de la trocha.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -"A Pachachaca te voy a llevar/ a Pachachaca te vov a llevar/ a Jesús Sierra te voy a entregar" -tarareaba el Indio Castro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Y qué le va a decir a la hembra? ¿Huaynito nomás le va a cantar?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Preguntó don Enrique burlón.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Yo te voy a enseñar, abuelo, lo que hacen los varones con las mujeres en mi tierra -respondió Castro, tropezándose en mitad de la trocha.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Satirusaiki, seguro... -sugirió riéndose Dimas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¿Ve cómo sabe? -le contestó el indio.&amp;nbsp; Arriba del camino se veía la casa mal iluminada que Mateo Ramos construyó alguna vez sin pensar en la muerte.&lt;br /&gt;*&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&amp;nbsp;&amp;nbsp; *&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El hombre vestido de oscuro la estaba violando por segunda vez, sujetándola con manos firmes para que permaneciera boca abajo.&amp;nbsp; Humillación, impotencia y dolor en las entrañas la azotaban por dentro.&amp;nbsp; Las brasas de la cocina se extinguían reventando suavemente.&amp;nbsp; Desnuda sobre el piso, Cristina Tarazona esperaba solamente la puñalada con que la mataría el violador luego de complacerse.&amp;nbsp; De pronto el hombre se detuvo incorporándose veloz, subiéndose la bragueta del pantalón haraposo.&amp;nbsp; Recogió el puñal del suelo y se colocó al lado de la entrada.&amp;nbsp; Su respiración estaba muy agitada.&amp;nbsp; Cristina, indefensa, lloraba tiritando en un rincón.&amp;nbsp; Quiso verle la cara al que la había forzado, pero la tenía cubierta por un pañuelo igualmente oscuro. El viento de la noche les trajo a sus oídos la canción que tarareaba el indio Castro y las voces de quienes le acompañaban.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡Pishtaco! ¡Pishtaco! -gritó desesperada cuando consideró que estaban a pocos metros de la casa.&amp;nbsp; El hombre se abalanzó sobre&amp;nbsp; ella con el cuchillo en alto, pero luego cambió de dirección tratando&amp;nbsp; de ganar la puerta.&amp;nbsp; Tropezó en la oscuridad con el vientre prominente del Indio Castro y luego con la figura delgada de Dimas, quien consiguió sujetarle la muñeca.&amp;nbsp; La sombra cayó al piso de fango y el machetazo certero del viejo Ataucusi le abrió el cráneo.&amp;nbsp; Nadie sabe si fue por nerviosismo o por el odio acumulado en días de pánico, pero el viejo siguió macheteando el cuerpo en la penumbra.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -¡No puede ser, caracho! -dijo el Indio al quitarle el pañuelo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; -Venancio... Venancio Paredes... -murmuró con voz temblorosa el anciano.&amp;nbsp; El machete también temblaba en su mano crispada sobre el mango.&amp;nbsp; Dimas sujetaba en alto una antorcha improvisada con el último madero ardiente del fogón.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cristina había conseguido cubrirse con una manta y salió tambaleándose.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Lloraba aún.&lt;br /&gt;&lt;a href="https://docs.google.com/fileview?id=0Bx0kbXK7a7SgYzc0YWRmNWQtYjJjYS00ZGQ0LWIwZGMtZDVlNGZjYmIzMTVi&amp;amp;hl=es" target="_blank"&gt;&lt;img alt="download_pdf_buttonw" border="0" height="49" src="http://lh3.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S6bU_rBWqJI/AAAAAAAAAFI/--bDdBdHWBQ/download_pdf_buttonw%5B3%5D.jpg?imgmax=800" style="border-bottom: 0px; border-left: 0px; border-right: 0px; border-top: 0px; display: inline;" title="download_pdf_buttonw" width="49" /&gt;&lt;/a&gt; DESCARGAR EN PDF&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-7094555959485431279?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2010/03/pishtaco-dante-castro-arrasco.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://lh5.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S6bSLN7WLSI/AAAAAAAAAFE/jxOEZ2wdvLk/s72-c/pishtaco%5B4%5D.jpg?imgmax=800' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-3039467884936481853</guid><pubDate>Sun, 14 Feb 2010 20:52:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-02-14T13:13:09.250-08:00</atom:updated><title>Ante la Ley - Franz Kafka</title><description>&lt;p align="center"&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p align="center"&gt;&lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=kpoPQv9APSg" target="_blank"&gt;&lt;img style="border-right-width: 0px; display: inline; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px" title="ante la ley" border="0" alt="ante la ley" src="http://lh3.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S3hijT3pgYI/AAAAAAAAADM/eugDI1bpPPc/ante%20la%20ley%5B3%5D.jpg?imgmax=800" width="244" height="207" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p align="center"&gt;[Clic en la imagen para verlo en Youtube, audio y video]&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;em&gt;DESCARGAR EN FORMATO PDF:&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;a href="https://docs.google.com/fileview?id=0Bx0kbXK7a7SgMzZkZGNkNjUtYjM5Zi00MmExLWE5M2UtZWMyODc0NmQxNzk5&amp;amp;hl=es" target="_blank"&gt;&lt;img style="border-bottom: 0px; border-left: 0px; display: inline; border-top: 0px; border-right: 0px" title="download_pdf_buttonw" border="0" alt="download_pdf_buttonw" src="http://lh4.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S3hnY2EMjXI/AAAAAAAAADQ/juw1hSuWhc0/download_pdf_buttonw%5B3%5D.jpg?imgmax=800" width="49" height="49" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-3039467884936481853?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2010/02/ante-la-ley-franz-kafka.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://lh3.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S3hijT3pgYI/AAAAAAAAADM/eugDI1bpPPc/s72-c/ante%20la%20ley%5B3%5D.jpg?imgmax=800' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-7626923586326143903</guid><pubDate>Sun, 10 Jan 2010 22:54:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-01-10T14:54:18.453-08:00</atom:updated><title>La aventura de la caja de cartón - Arthur Conan Doyle</title><description>&lt;p align="center"&gt;&lt;a atomicselection="true" href="http://www.flickr.com/photos/runnerk/4264197100/"&gt;&lt;img src="http://lh4.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S0pamFOdUVI/AAAAAAAAACs/Ec5hWIXMqrY/sherlock-holmes-thomas-watson%5B1%5D.jpg?imgmax=800" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt; Al elegir unos cuantos casos típicos que ilustren las notables facultades mentales de mi amigo Sherlock Holmes, he procurado, en la medida de lo posible, que ofrecieran el mínimo de sensacionalismo, y a la vez una amplia muestra de su talento. Sin embargo, es imposible, lamentablemente, separar por completo lo sensacional de lo criminal, y el cronista se ve en el dilema de tener que sacrificar detalles que resultan esenciales en su exposición, dando de ese modo una impresión falsa del problema, o verse obligado a utilizar materiales que la casualidad, y no su elección, le ha proporcionado. Tras este breve prefacio pasaré a exponer mis notas acerca de lo que constituyó una cadena de acontecimientos extraños y particularmente terribles. Era un día de agosto y hacía un calor abrasador. Baker Street parecía un horno y el relumbre de la luz del sol al incidir sobre los ladrillos amarillos de la casa del otro lado de la calle lastimaba la vista. Costaba trabajo creer que aquellos fuesen los mismos muros que se erguían tan lóbregos por entre las nieblas del invierno. Habíamos bajado a medias las persianas y Holmes se había acurrucado encima del sofá, leyendo una y otra vez una carta que había recibido en el correo de la mañana. En cuanto a mí, los años de servicio en la India me habían habituado a soportar el calor mejor que el frío, y que el termómetro pasara de treinta grados no me suponía dificultad alguna. El periódico de la mañana no ofrecía ninguna noticia interesante. El Parlamento había interrumpido sus sesiones. Se habían ido todos de la ciudad y yo añoraba los claros del New Forest o los guijarros de Southsea. Mi reducida cuenta bancaria me había obligado a posponer las vacaciones, y en cuanto a mi acompañante, ni el campo ni el mar le atraían lo más mínimo. Le encantaba permanecer en el mismo centro donde pululaban cinco millones de personas, extendiendo sus filamentos y pasando por entre ellas, receptivo al más pequeño rumor o sospecha de algún delito sin esclarecer. El aprecio de la naturaleza no se encontraba entre sus muchas dotes, y sólo cambiaba de parecer cuando, en lugar de centrarse en un malhechor de la capital, trataba de localizar a algún hermano suyo de provincias.  (&lt;a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/doyle/caja.htm" target="_blank"&gt;LEE EL CUENTO COMPLETO&lt;/a&gt;)  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-7626923586326143903?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2010/01/la-aventura-de-la-caja-de-carton-arthur.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://lh4.ggpht.com/_trMFwH6zdn0/S0pamFOdUVI/AAAAAAAAACs/Ec5hWIXMqrY/s72-c/sherlock-holmes-thomas-watson%5B1%5D.jpg?imgmax=800' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-3786363524261128626</guid><pubDate>Sun, 01 Nov 2009 01:02:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-10-31T18:02:12.531-07:00</atom:updated><category domain='http://www.blogger.com/atom/ns#'>Cuentos</category><title>Es que somos muy pobres - Juan Rulfo</title><description>&lt;div xmlns='http://www.w3.org/1999/xhtml'&gt;&lt;p align='center'&gt;&lt;span style=' font-family:&amp;apos;Verdana&amp;apos;; color:#000000;'&gt;&lt;u&gt;Juan Rulfo - Es que somos muy pobres&lt;/u&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align='center'&gt;&lt;img src='http://img511.imageshack.us/img511/8135/45370143.jpg'/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=' font-family:&amp;apos;Verdana&amp;apos;; color:#000000;'&gt;Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada. &lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río. &lt;br/&gt;El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño. &lt;br/&gt;Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta. &lt;br/&gt;A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente. &lt;br/&gt;Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años. &lt;br/&gt;Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos. &lt;br/&gt;No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen. &lt;br/&gt;Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo. &lt;br/&gt;Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él , estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba. &lt;br/&gt;Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos. &lt;br/&gt;La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes. &lt;br/&gt;Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima. &lt;br/&gt;Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas. &lt;br/&gt;Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita. &lt;br/&gt;La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere. &lt;br/&gt;Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos." &lt;br/&gt;Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención. &lt;br/&gt;-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal. &lt;br/&gt;Ésa es la mortificación de mi papá. &lt;br/&gt;Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella. &lt;br/&gt;Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-3786363524261128626?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2009/10/es-que-somos-muy-pobres-juan-rulfo.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-8220361328788818908</guid><pubDate>Mon, 26 Oct 2009 12:31:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-10-26T05:40:39.047-07:00</atom:updated><title>Palomas Blancas y Garzas Morenas</title><description>&lt;span style="font-size: xx-small;"&gt;&lt;span style="color: black;"&gt;&lt;span style="color: black;"&gt;उन ग्रां केंतो एन परोसा, कुए में दा नोस्ताल्गिया अल लीर्लो :&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;b style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-size: 180%;"&gt;&lt;br /&gt;Palomas Blancas y                     Garzas Morenas&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://img25.imageshack.us/img25/8978/garzas.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="224" src="http://img25.imageshack.us/img25/8978/garzas.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;b style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-size: 180%;"&gt; &lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Rubén&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;  Darío&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;Mi                     prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados                     juntos, desde muy niños, en casa de la buena abuelita que                     nos amaba mucho y nos hacía vernos como hermanos, vigilándonos                     cuidadosamente, viendo que no riñésemos. ¡Adorable, la                     viejecita, con sus trajes agrandes flores, y sus cabellos                     crespos y recogidos como una vieja marquesa de Boucher!&lt;/span&gt;                     &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Inés                     era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer                     antes que ella; y comprendía -lo recuerdo muy bien- lo que                     ella recitaba de memoria, maquinalmente, en una pastorela,                     donde bailaba y cantaba delante del niño Jesús, la hermosa                     María y el señor San José; todo con el gozo de las                     sencillas personas mayores de la familia, que reían con                     risa de miel, alabando el talento de la actrizuela. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Inés                     crecía. Yo también, pero no tanto como ella. Yo debía                     entrar a un colegio, en internado terrible y triste, a                     dedicarme a los áridos estudios del bachillerato, a comer                     los platos clásicos de los estudiantes, a no ver el mundo -¡mi                     mundo e mozo!- y mi casa, mi abuela, mi prima, mi gato, -un                     excelente romano que se restregaba cariñosamente en mis                     piernas y me llenaba los trajes negros de pelos blancos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Partí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Allá                     en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi                     voz tomó timbres aflautados y roncos; llegué al período                     ridículo del niño que pasa a joven. Entonces, por un fenómeno                     especial, en vez de preocuparme de mi profesor de matemáticas,                     que no logró nunca hacer que yo comprendiese el binomio de                     Newton, pensé, -todavía vaga y misteriosamente,- en mi                     prima Inés.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Luego                     tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas,                     que los besos eran un placer exquisito.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Tiempo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Leí                     &lt;i&gt;Pablo y Virginia&lt;/i&gt;. Llegó un fin de año escolar, y                     salí, en vacaciones, rápido como una saeta, camino de mi                     casa. ¡Libertad!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Mi                     prima, -pero, ¡Dios santo, en tan poco tiempo!- se había                     hecho una mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como                     avergonzado, un tanto serio. Cuando me dirigía la palabra,                     me ponía sonreírle con una sonrisa simple.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Ya                     tenía quince años y medio Inés. La cabellera, dorada y                     luminosa al sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada,                     su cara era una creación murillesca, si veía de frente. A                     veces, contemplando su perfil, pensaba en una soberbia                     medalla siracusana, en un rostro de princesa. El traje,                     corto antes, había descendido. El seno, firme y esponjado,                     era un ensueño oculto y supremo; la voz clara y vibrante,                     las pupilas azules, inefables; la boca llena de fragancia de                     vida y de color de púrpura. ¡Sana y virginal primavera!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     La                     abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó                     a abrazarme, me tendió la mano. Después, no me atreví a                     invitarla a los juegos de antes. Me sentía tímido. ¡Y qué!,                     ella debía sentir algo de lo que yo. ¡Yo amaba a mi                     prima! &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Inés,                     los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Mi                     dormitorio estaba vecino al de ellas. Cuando cantaban los                     campanarios su sonora llamada matinal, ya estaba yo                     despierto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Oía,                     oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta                     entreabierta veía salir la pareja que hablaba en voz alta.                     Cerca de mí pasaba el frufrú de las polleras antiguas de                     mi abuela, y del traje de Inés, coqueto, ajustado, para mí                     siempre revelador.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     ¡Oh,                     Eros!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     -Inés...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     ¿...?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     ¡Y                     estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, una                     bella luna de aquellas del país de Nicaragua!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     La                     dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando                     las palabras, ya rápidas, ya contenidas, febril, temeroso.                     ¡Sí! se lo dije todo: las agitaciones sordas y extrañas                     que en mi experimentaba cerca de ellas, el amor, el ansia;                     los tristes insomnios del deseo; mis ideas fijas en ella,                     allá  en mis meditaciones del colegio; y repetía como                     una oración sagrada la gran palabra: ¡el amor! ¡Oh!, ella                     debía recibir gozosa mi adoración. Creceríamos más. Seríamos                     marido y mujer...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Esperé.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     La                     pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos                     llevaba perfumes tibios que a mí se me imaginaban propios                     para los fogosos amores. Cabellos áureos, ojos paradisíaco,                     labios encendidos y entreabiertos!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     De                     repente, y con un mohín:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name='more'&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     -¡Ve!                     la tontería...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Y                     corrió, como una gata alegre adonde se hallaba la buena                     abuela, rezando a la callada sus rosarios y responsorios.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Con                     risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     -¡Eh,                     abuelita! me dijo...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     ¡Ellas,                     pues, ya sabían que yo debía «decir!»&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Con                     su reír interrumpía el rezo de la anciana que se quedó                     pensativa acariciando las cuentas de su camándula. Y yo que                     todo lo veía, a la husma, de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas                     amargas, ¡las primeras de mis desengaños de hombre! &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Los                     cambios fisiológicos que en mí se sucedían, y las                     agitaciones de mi espíritu me conmovían hondamente. ¡Dios                     mío! Soñador, un pequeño poeta como me creía, al                     comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la cabeza,                     de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían                     sed de amor. ¿Cuándo llegaría el momento soberano en que                     alumbraría una celeste mirada el fondo de mi ser, y aquel                     en que se rasgaría el velo del enigma atrayente?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Un                     día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín, regando                     trigo, entre los arbustos y las flores, a las que llamaba                     sus amigas: unas palomas albas, arrulladoras, con sus buches                     níveos y amorosamente musicales. Llevaba un traje -siempre                     que con ella he soñado la he visto con el mismo,- gris                     azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero                     los satinados brazos alabastrinos, los cabellos los tenía                     recogidos y húmedos, y el vello alborotado de su nuca                     blanca y rosa, era para mí como luz crespa. Las aves                     andaban a su alrededor currucuqueando, e imprimían en el                     suelo oscuro la estrella acarminada de sus patas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Hacía                     calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros.                     La devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi                     escondite, la prima gentil! Me vio trémulo, enrojecida la                     faz, en mis ojos una llama viva y rara, y acariciante, y se                     puso a reír cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! ¡Oh!,                     aquello no era posible. Me lancé con rapidez frente a ella.                     Audaz, formidable debía de estar, cuando ella retrocedió                     como asustada, un paso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     -¡Te                     amo!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Entonces                     tornó a reír. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella                     la mimó dándole granos de trigo entre las perlas de su                     boca fresca y sensual. Me acerqué más. Mi rostro estaba                     junto al suyo. Los cándidos animales nos rodeaban. Me                     turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma                     femenil. Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana,                     blanca y sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de                     ardor, un tesoro de dichas. No dije más. La tomé la cabeza                     y la di un beso en una mejilla, un beso rápido, quemante de                     pasión furiosa. Ella un tanto enojada, salió en fuga. Las                     palomas se asustaron y alzaron el vuelo, formando un opaco                     ruido de alas sobre los arbustos temblorosos. Yo abrumado,                     quedé inmóvil.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Al                     poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia                     no había, ¡ay! mostrado a mis ojos el soñado paraíso del                     misterioso deleite.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Musa                     ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar!                     Elena, la graciosa, la alegre, ella fue el nuevo amor. ¡Bendita                     sea aquella boca, que murmuró por primera vez cerca de mí                     las inefables palabras!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Era                     allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi                     tierra, un lago encantador, lleno de islas floridas, con pájaros                     de colores.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Los                     dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el                     viejo muelle, debajo del cual el agua glauca y oscura                     chapoteaba musicalmente. Había un crepúsculo acariciador,                     de aquellos que son la delicia de los enamorados tropicales.                     En el cielo opalino se veía una diafanidad apacible que                     disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta oscuro, por                     la parte del oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro                     sonrosado en el horizonte profundo, donde vibraban oblicuos,                     rojos y desfallecientes los últimos rayos solares.                     Arrastrada por el deseo, me miraba la adorada mía y                     nuestros ojos se decían cosas ardorosas y extrañas. En el                     fondo de nuestras almas cantaban un unísono embriagador                     como dos invisible y divinas filomelas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Yo                     extasiado veía a la mujer tierna y ardiente; con su                     cabellera castaña que acariciaba con mis manos, su rostro                     color de canela y rosa, su boca cleopatrina, su cuerpo                     gallardo y virginal, y oía su voz queda, muy queda, que me                     decía frases cariñosas, tan bajo, como que solo eran para                     mí, temerosa quizás de que se las llevase el viento                     vespertino. Fija en mí, me inundaban de felicidad sus ojos                     de minerva, ojos verdes, ojos que deben siempre gustar a los                     poetas. Luego, erraban nuestras miradas por el lago, todavía                     lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla, se detuvo un                     gran grupo de garzas morenas de esas que cuando el día                     caliente, llegan a las riberas a espantar a los cocodrilos,                     que con las anchas mandíbulas abiertas beben sol sobre las                     rocas negras. ¡Bellas garzas! algunas ocultaban los largos                     cuellos en la onda o bajo el ala, y semejaban grandes                     manchas de flores vivas y sonrosadas, móviles y apacibles.                     A veces una, sobre una pata, se alisaba con el pico las                     plumas, o permanecía inmóvil, escultural o hieráticamente,                     o varias daban un corto vuelo, formando en el fondo de la                     ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos dibujos,                     como las bandadas de grullas de un parasol chino.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Me                     imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura,                     me traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores.                     Las garzas blancas las encontraba más puras y más                     voluptuosas, con la pureza de la paloma y la voluptuosidad                     del cisne, garridas con sus cuellos reales, parecidos a los                     de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados se                     ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de                     Londres. Sus alas, delicadas y albas, hacen pensar en                     desfallecientes sueños nupciales, todas, -bien dice un                     poeta,- como cinceladas en jaspe.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     ¡Ah,                     pero las otras, tenían algo de más encantador para mí! Mi                     Elena se me antojaba como semejante a ellas, con su color de                     canela y de rosa, gallarda y gentil.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Ya                     el sol desaparecía arrastrando toda su púrpura opulenta                     del rey oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente                     con mis juramentos y frases melifluas y cálidas, y juntos                     seguíamos en un lánguido dúo de pasión inmensa. Habíamos                     sido hasta ahí dos amantes soñadores, consagrados místicamente                     uno a otro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     De                     pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un                     momento inexplicable, nos besamos en la boca, todos trémulos,                     con un beso para mí sacratísimo y supremo: el primer beso                     recibido de labios de mujer. ¡Oh, Salomón, bíblico y real                     poeta! tú lo dijiste como nadie: &lt;i&gt;Mel et lac sub lingua                     tua!&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Aquel                     día no soñamos más.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     ¡Ah,                     mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes                     en los recuerdos profundos que en mi alma forman lo más                     alto y sublime, una luz inmortal.&lt;/span&gt;                     &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="color: black;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana; font-size: 85%;"&gt;     Porque                     tú me revelaste el secreto de las delicias divinas, en el                     inefable primer instante del amor!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-8220361328788818908?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2009/10/palomas-blancas-y-garzas-morenas.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-4920413106811019534</guid><pubDate>Sun, 25 Oct 2009 01:20:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-10-24T19:20:43.750-07:00</atom:updated><title>CONSEJOS PARA JÓVENES POETAS</title><description>&lt;div xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"&gt;&lt;p align="center"&gt;&lt;img title="Pequeño Poeta =D" src="http://img23.imageshack.us/img23/2636/bebeln.jpg" /&gt; &lt;/p&gt;&lt;p align="left"&gt;&lt;b&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-size:x-large;"&gt;R&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;ecominedo éstos consejos de Drumond, Carlos; escritos en 1994: &lt;/p&gt;&lt;p align="left"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align="center"&gt;&lt;u&gt;CONSEJOS PARA JÓVENES POETAS&lt;/u&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align="right"&gt; &lt;em&gt;Carlos Drumond de Andrade*&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-size:x-large;"&gt; Q&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;uerido Alipio: ayer noche, cuando se fue de nuestro aparta-&lt;/p&gt;&lt;p&gt;mento, a donde vino en búsqueda de sabiduría griega y encontró&lt;/p&gt;&lt;p&gt;únicamente un brandy y un gato llamado Crispín, decidí escribir&lt;/p&gt;&lt;p&gt;lo que le dijera. ¿Una suerte de escepticismo? No, se aprende solo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La única cosa que, remotamente, se puede concluir de lo que con-&lt;/p&gt;&lt;p&gt;versamos, es que no vale la pena practicar la literatura, si ella con-&lt;/p&gt;&lt;p&gt;tribuye para agravar la falta de caridad que traemos desde la cuna.&lt;/p&gt;&lt;p&gt; Por esto, y porque nada resolvería, no le doy consejos. Le doy&lt;/p&gt;&lt;p&gt;anticonsejos, hijo mío. Y si lo llamo hijo, perdone: es manía de&lt;/p&gt;&lt;p&gt;gente madura. Podría llamarle hermano, lo que nos hace semejan-&lt;/p&gt;&lt;p&gt;tes; sin embargo, a causa del tiempo y de las particularidades físi-&lt;/p&gt;&lt;p&gt;cas, ambos cultivamos lo real e ilusorio, que es un bien y un mal&lt;/p&gt;&lt;p&gt;para el alma. Poco queda por hacer cuando no se nace para los&lt;/p&gt;&lt;p&gt;negocios ni para la política ni para la guerra. Nuestro negocio es la&lt;/p&gt;&lt;p&gt;contemplación de la nube. Espero, al menos, no nos vuelva dema-&lt;/p&gt;&lt;p&gt;siado antipáticos a los ojos de nuestros contemporáneos, absortos&lt;/p&gt;&lt;p&gt;en ocupaciones más seculares. Recoja, pues, estos apuntes, Alipio,&lt;/p&gt;&lt;p&gt;y sepa que lo estimo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;I. &lt;strong&gt; Escriba tan sólo cuando ya no pueda dejar de hacerlo&lt;/strong&gt;. Y&lt;/p&gt;&lt;p&gt; siempre puede dejarse.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;II. &lt;strong&gt;Al escribir, no piense que derribará las puertas del misterio&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; del mundo&lt;/strong&gt;. Nada tumbará. Los mejores escritores apenas&lt;/p&gt;&lt;p&gt; consiguen reforzarlo. No exija de sí tamaña proeza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;III. &lt;strong&gt;Si vacila entre dos adjetivos, elimine ambos, y use el&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; sustantivo.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;IV. &lt;strong&gt;No crea en la originalidad&lt;/strong&gt;, claro. P&lt;strong&gt;ero tampoco vaya a creer&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; en la banalidad,&lt;/strong&gt; que es la originalidad de todo el mundo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;V. Lea mucho y olvide cuando pueda.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;VI. &lt;strong&gt;Anote las ideas que se le vengan por la calle&lt;/strong&gt;, para evitar&lt;/p&gt;&lt;p&gt; desarrollarlas. &lt;strong&gt;El azar es el mal consejero&lt;/strong&gt;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;VII. &lt;strong&gt;No se entusiasme si le dicen que su nuevo libro es mejor&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; que el anterior&lt;/strong&gt;. Quiere decir que el anterior no era bueno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;VIII. Pero &lt;strong&gt;si le dicen que su nuevo libro es peor que el anterior,&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; quizá le digan la verdad&lt;/strong&gt;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;IX. &lt;strong&gt;No responda a los ataques de quien no tenga madurez&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; literaria&lt;/strong&gt;; sería como ponerle rabo al nambú**. De lo con-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; trario, no atacaría; pues tiene otras cosas que hacer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;** Nambú: ave característica de las regiones neotrópicas, desprovista completamente o casi&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt; totalmente de cola.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;X. &lt;strong&gt;¿Piensa que su infancia fue maravillosa y merece ser re-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; cordada a cada instante en sus escritos?&lt;/strong&gt; &lt;strong&gt;Sus compañeros&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; de infancia están ahí, y tienen una opinión diferente.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XI. &lt;strong&gt;No salude con humildad al escritor consagrado, ni con&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; arrogancia al escritor oscuro. &lt;/strong&gt;A veces ninguno de ellos&lt;/p&gt;&lt;p&gt; nada vale; ante la duda lo mejor es ser cortés con el próji-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; mo, incluso tratándose de un escritor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XII. El portero de su edificio probablemente ignora la exis-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; tencia, en ese inmueble, de un escritor excepcional. &lt;strong&gt;No&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; juzgue por ello que todos los asalariados modestos sean&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; insensibles a la literatura, ni que obligatoriamente haya&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; escritores excepcionales en todos los pisos.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XIII. &lt;strong&gt;Pensando en el futuro, no deje copias de sus cartas.&lt;/strong&gt; El&lt;/p&gt;&lt;p&gt; fuego, la humedad y las polillas pueden malograr su cau-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; tela. Lo más simple es confiar en la falta de método de&lt;/p&gt;&lt;p&gt; esos tres críticos literarios.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XIV. &lt;strong&gt;Trate de que su talento no ofenda al de sus compañeros.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt; &lt;strong&gt;Todos tienen derecho a la presunción de la genialidad exclusiva.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XV. &lt;strong&gt;Haga fichas de lecturas&lt;/strong&gt;. Las papelerías aprecian este há-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; bito. Las fichas obsorberan su exceso de vitalidad y, no&lt;/p&gt;&lt;p&gt; usadas, son inofensivas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XVI. &lt;strong&gt;Si llega a sentir inclinación hacia el gang literario, instá-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; lese en el seno de su generación y ataque&lt;/strong&gt;. No hay policía&lt;/p&gt;&lt;p&gt; para ese tipo de actividad. El castigo son los compañeros&lt;/p&gt;&lt;p&gt; y, más tarde, el tedio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XVII. &lt;strong&gt;No se juzgue más honesto que su amigo porque supo&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; identificarse un falso elogio, y él no. Quizá lo que sucede&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; es que Ud. Sea más duro de corazón.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt; - 14 -&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XVIII. &lt;strong&gt;Evite los concursos literarios.&lt;/strong&gt; Lo peor que puede ocurrir-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; le es ganarlos, conferidos por jueces cuya capacidad críti-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; ca usted nunca premiaría.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XIX. &lt;strong&gt; Su vanidad asume fronteras tan sutiles que llega a&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; confudirse con modestia.&lt;/strong&gt; Hágase un test: proceda cons-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; cientemente como vanidoso, y vera cómo se siente bien.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XX. &lt;strong&gt;Sea más tolerante con la pedantería de su amigo;&lt;/strong&gt; casi siem-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; pre esconde una deficiencia, y únicamente impresiona a&lt;/p&gt;&lt;p&gt; otros pedantes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXI. &lt;strong&gt;En cuanto a su propia pedantería, se enfriará si usted ob-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; serva que, en la más cristiana de la hipótesis, es objeto de&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; la tolerancia ajena.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXII. &lt;strong&gt;Antes de reproducir en la pestaña de su libro la opinión&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; de un colega, piense, primero, que él no autorizó su di-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; vulgación; segundo, que la opinión pudo ser mera corte-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; sía; tercero, que usted no admira tanto a su colega.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXIII.&lt;strong&gt; Trate de ser justo con los otros, si fuese muy difícil, bon-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; dadoso; en la peor eventualidad, negligente.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXIV. &lt;strong&gt;Una opinión permanente es aquella que se mantiene váli-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; da durante tres meses. &lt;/strong&gt;No exija mayor coherencia de los&lt;/p&gt;&lt;p&gt; otros ni se siente obligado intelectualmente a tanto. Y&lt;/p&gt;&lt;p&gt; proceda a la revisión periódica de sus admiraciones.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXV. &lt;strong&gt; Procure no mentir, a no ser en los casos indicados por la&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; delicadeza o por la misericordia. Es un arte que exige mu-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; cho refinamiento&lt;/strong&gt;, y udsted si llega a ser famoso será des-&lt;/p&gt;&lt;p&gt; cubierto de aquí a diez; y si no, no valdría la pena.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXVI. &lt;strong&gt;Sin llamar a los fotógrafos, déjese fotografiar cuanto quie-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; ra; no se niegue a dar autógrafos, tampoco se mortifique&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; si no se los piden&lt;/strong&gt;. Homero no dejó cartas ni retrato;&lt;/p&gt;&lt;p&gt; Baudelaire dejó unos que otros. Lo esencial va en otros&lt;/p&gt;&lt;p&gt; papeles.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXVII.&lt;strong&gt; Usted tiene un diario para explicarse: ¿es tan complicado?&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; Para justificarse: ¿está medio turbia su conciencia? Para&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; proyectarse en el futuro: ¿se juzga tan extraordinario?&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXVIII. &lt;strong&gt;Trate a las asociaciones con cortesía y podrá llegar a ingre sar a&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; una; con indiferencia, lo más probable es que nunca lo haga.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt; - 15 -&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXIX &lt;strong&gt;Impóngase no sufrir ante el éxito de su compañero, ad-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; mitiendo incluso que él sufra con el de usted por egoís-&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt; mo, ahórrese cualquier tipo de sufrimiento.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;XXX. &lt;strong&gt;&lt;u&gt;Sea discreto. ¡Es tan ventajoso!&lt;/u&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;* El presente artículo fue publicado en el desaparecido periódico El Sol, el 9/04/1996.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;img height="1" width="1" src="https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-4920413106811019534?l=www.le-continues.co.cc" /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-4920413106811019534?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2009/10/consejos-para-jovenes-poetas-poetas.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-1435649856762409767</guid><pubDate>Sat, 24 Oct 2009 02:18:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-10-23T19:18:47.771-07:00</atom:updated><title>Con Mucho, Pero con poco...</title><description>&lt;div xmlns='http://www.w3.org/1999/xhtml'&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=' font-size:x-large;'&gt;Con &lt;/span&gt;muchas ganas de escribir, pero con poco tiempo; dentro de &lt;span style=' color:#0000c0;'&gt;&lt;em&gt;algún momento&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style=' color:#0000c0;'&gt; &lt;/span&gt;subiré consejos literarios, imágenes curiosas y algún poema mío =D (Para promocionarme  =P)... Gracias al Wifi de la Universidad a las justas puedo guardar mi estado en Twitter así que SÍGANME ¡jeje! =D en &lt;a title='@Runnerk' href='www.twitter.com/runnerk'&gt;@runnerk&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;vSaludos =D... JARS&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-1435649856762409767?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2009/10/con-mucho-pero-con-poco.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-6965266291838959712</guid><pubDate>Mon, 19 Oct 2009 16:44:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-10-19T09:47:35.547-07:00</atom:updated><title>Un poema de bienvenida</title><description>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_VtgrfpPn1-Y/SZxG1AiCJLI/AAAAAAAAAL0/fcCvmzTqBdU/s320/Flor+negra.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 231px; height: 173px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_VtgrfpPn1-Y/SZxG1AiCJLI/AAAAAAAAAL0/fcCvmzTqBdU/s320/Flor+negra.jpg" alt="" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"&gt;&lt;p&gt;Un poema nada controversial :)&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;strong&gt;AL LECTOR:&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Necedad, error, pecado y tacañería ocupan&lt;br /&gt;nuestras almas, nuestros cuerpos alteran,&lt;br /&gt;y complacientes nutrimos los remordimientos&lt;br /&gt;como los mendigos sus piojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tercos son los pecadores y cobarde el arrepentimiento;&lt;br /&gt;con creces exigimos se nos paguen las confesiones,&lt;br /&gt;y al cieno alegres regresamos creyendo borrar&lt;br /&gt;con viles llantos todas nuestras culpas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Satán Trigemisto en cojín del Mal se halla,&lt;br /&gt;mucho mece a nuestro hechizado espíritu,&lt;br /&gt;y ese sabio alquimista vaporiza&lt;br /&gt;el precioso metal de nuestra voluntad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡El Diablo maneja los hilos que nos mueven!&lt;br /&gt;Incluso en seres inmundos hallamos seducción;&lt;br /&gt;diariamente hacia el infierno vamos, y sin miedo,&lt;br /&gt;bajando a través de tinieblas hediondas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A fondo, como a una naranja seca, exprimimos&lt;br /&gt;algún placer clandestino que de pasada robamos&lt;br /&gt;tal un mísero libertino que besa y mordisquea&lt;br /&gt;los martirizados senos de una ramera vieja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En nuestras mentes se agita un pueblo de demonios,&lt;br /&gt;apiñado e hirviente como un millón de helmintos,&lt;br /&gt;y cuando respiramos fluye en los pulmones&lt;br /&gt;la Muerte, río invisible, con sus apagadas quejas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si el estupro, el veneno, el puñal y el incendio&lt;br /&gt;aún no bordaron sus atractivos diseños&lt;br /&gt;en triste cañamazo de nuestra mala suerte,&lt;br /&gt;es que sólo tenemos, ¡ay!, almas no atrevidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay chacales y panteras, linces y monos,&lt;br /&gt;hay escorpiones y buitres, y también serpientes,&lt;br /&gt;son monstruos que gruñen, aúllan y reptan&lt;br /&gt;en la infame leonera de nuestros vicios,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡pero uno sobresale por feo, perverso e inmundo!&lt;br /&gt;Aunque no chille mucho y tampoco gesticule,&lt;br /&gt;seguro que a gusto haría de la tierra un caos&lt;br /&gt;y que al mundo se tragaría con sólo bostezar;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡es el Tedio!, tiene en los ojos lágrimas falsas,&lt;br /&gt;y fuma la pipa mientras con patíbulos sueña.&lt;br /&gt;Lector, ya conoces a tan delicado monstruo,&lt;br /&gt;-lector hipócrita-¡tú, mi prójimo, mi hermano!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;De “Las flores del mal” 1857.&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-6965266291838959712?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2009/10/un-poema-de-bienvenida.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_VtgrfpPn1-Y/SZxG1AiCJLI/AAAAAAAAAL0/fcCvmzTqBdU/s72-c/Flor+negra.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-3397271072667219466.post-474839336338988545</guid><pubDate>Mon, 19 Oct 2009 16:03:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-10-19T09:39:55.045-07:00</atom:updated><title>Al Querido Lector</title><description>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://img199.imageshack.us/img199/5112/juventudylenguas.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 342px; height: 218px;" src="http://img199.imageshack.us/img199/5112/juventudylenguas.jpg" alt="" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"&gt;&lt;p&gt;Al querido lector:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Binevenido a &lt;em&gt;Le Continues,&lt;/em&gt; un blog foráneo, algo personal, y nada minimalista (como verán, xD)... que intentará tomar temas que sean agradables a todo los lectores (naa...=D) como: narrativa, poesía, actualidad, tecnología, juegos, y más temillas (muchos relacionados con la literatura).&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Espero que les sea de su agrado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Saludos camaradas =D. &lt;em&gt; &lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;Síganme a twitter =) : &lt;/em&gt;&lt;a title="@runnerk" href="http://www.blogger.com/twitter.com/runnerk"&gt;&lt;em&gt;twitter.com/runnerk&lt;/em&gt;&lt;/a&gt;&lt;em style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/em&gt;&lt;a title="@runnerk" href="http://www.blogger.com/twitter.com/runnerk"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;img src="https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-474839336338988545?l=lecontinues.blogspot.com" height="1" width="1" /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3397271072667219466-474839336338988545?l=www.le-continues.co.cc' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://www.le-continues.co.cc/2009/10/al-querido-lector.html</link><author>noreply@blogger.com (Jakee Mi Pc??)</author><thr:total>0</thr:total></item></channel></rss>
